Tailandia se hace querer: por qué el paraíso ha empezado a poner límites

Tailandia se hace querer: por qué el paraíso ha empezado a poner límites
Photo by angpw napt / Unsplash
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Llevamos meses planeando un viaje a Tailandia para diciembre, con vuelos abiertos y la idea de quedarnos más de lo habitual. Y mientras cuadrábamos fechas, vino la noticia: el Gobierno tailandés ha decidido recortar la exención de visado de 60 a 30 días para más de noventa países. Lo curioso no es la medida en sí —eso son trámites, formularios, sellos— sino lo que hay detrás. Y para entenderlo de verdad, no me bastaba con leer la prensa. Tenía a mano una fuente mejor: Chat, que es tailandés, cocinero, y lleva toda la vida viendo cómo su país recibe —y aguanta— al turismo occidental.

La reforma que ha disparado todos los titulares

El 19 de mayo de 2026, el Gabinete tailandés aprobó revertir el régimen de 60 días que llevaba vigente desde julio de 2024. A partir de su entrada en vigor —pendiente aún de publicación oficial en el Boletín Real—, 54 países y territorios (España y Suecia entre ellos) volverán a los 30 días de estancia sin visado, con la posibilidad de una única extensión de 30 días más en cualquier oficina de inmigración. Tres países insulares —Maldivas, Mauricio y Seychelles— pasarán a solo 15 días.

El argumento oficial mezcla dos cosas distintas. Por un lado, seguridad: el sistema de 60 días se había convertido, según el propio Gobierno, en un vacío que aprovechaban personas con malas intenciones, desde negocios montados sin papeles hasta redes que usan Tailandia como base para actividades transnacionales más serias. Por otro lado, y esto es lo que de verdad ha calado en la calle, el cansancio hacia el turista que se comporta como si el país fuera un patio de recreo.

El cansancio tailandés, contado desde dentro

Le pregunté a Chat qué es lo que más le indigna, y no dudó: los mochileros que llegan con la cartera cerrada a cal y canto, regateando el último baht, durmiendo en la calle o incluso pidiendo limosna, mientras llevan reloj de marca y ropa que no es precisamente barata. Para él no es solo de mal gusto. Lo vive como un insulto directo a algo muy tailandés: la hospitalidad casi automática hacia el visitante, ese impulso de no negarle nada a quien llega de fuera.

Hay un concepto que explica por qué este tipo de comportamiento duele tanto y, a la vez, por qué ha tardado tanto en convertirse en debate público: el greng jai, esa tendencia tailandesa a evitar la confrontación, a no imponerse ni hacer sentir incómodo al otro, ni siquiera cuando el otro se está aprovechando descaradamente. Durante años, esa cortesía ha actuado como un colchón que absorbía el mal comportamiento sin que nadie dijera nada en voz alta. Lo que está cambiando ahora no es tanto el comportamiento de los turistas —que probablemente siempre ha incluido a una minoría problemática— sino la disposición tailandesa a señalarlo.

Cuando el malestar tiene cara: los vídeos que circulan

Chat también me habla de algo más difícil de cuantificar: los vídeos que circulan en redes donde turistas occidentales (mayoritariamente norteamericanos e israelís) increpan o agreden verbalmente a una kathoey (lo que en castellano se conoce, de forma menos precisa, como "ladyboy"), y donde los vecinos tailandeses salen en defensa de su conciudadana hasta que el turista termina batiéndose en retirada. Son clips virales, anecdóticos, pero que para alguien como Chat son la prueba visual de algo que ya sentía: que el respeto mínimo hacia la gente del país no siempre acompaña a quien viene solo a pasarlo bien.

El otro frente: terrenos, testaferros y un cartel que dio la vuelta al mundo

Hay una segunda capa de tensión, esta sí con expedientes judiciales detrás. Desde finales de 2025, las autoridades de Koh Phangan y Koh Samui han intensificado las redadas contra esquemas de testaferros: empresarios extranjeros, varios de ellos israelíes, que usaban socios tailandeses de fachada para esquivar la prohibición legal de que un extranjero posea tierra en Tailandia. Ha habido decenas de órdenes de arresto, detenciones en el aeropuerto de Samui y deportaciones, y los vecinos de la zona se han quejado de barrios donde el comercio local ha sido sustituido por negocios extranjeros operando bajo nombre tailandés.

Distinto, aunque relacionado en el ambiente de fondo, es lo que pasó en octubre de 2025 en un restaurante de Koh Phangan, que colgó un cartel de "No Israelis" en la puerta después de que un grupo de clientes israelíes se marchara sin pagar la cuenta completa. El propietario decidió, a partir de ahí, vetar a todo el colectivo. La reacción fue inmediata y dividida: turistas israelíes denunciaron el cartel como discriminación, otros lo calificaron de antisemita, y no hubo respaldo oficial de las autoridades tailandesas a la decisión del local.

Maya Bay, o por qué el problema nunca fue solo el comportamiento

Y luego está la parte que no tiene que ver con la mala educación de nadie, sino simplemente con los números. Maya Bay, la cala de Koh Phi Phi Leh que se hizo mundialmente famosa por la película The Beach, con Leonardo DiCaprio, llegó a recibir hasta 5.000 o 6.000 visitantes al día en su punto más álgido. El resultado fue la destrucción casi total de sus arrecifes de coral. Tailandia cerró la bahía por completo en 2018, la mantuvo cerrada casi cuatro años, y cuando reabrió en 2022 lo hizo con normas mucho más estrictas: prohibido anclar barcos en la orilla, prohibido nadar (solo se puede entrar en el agua hasta la rodilla), aforo limitado, multas de hasta 10.000 baht para quien incumpla, y un cierre anual cada agosto y septiembre para que el ecosistema siga recuperándose.

Maya Bay no es una excepción aislada: es el ejemplo más fotogénico de una pregunta que Tailandia se ha hecho varias veces en los últimos años: ¿cuánto turismo puede absorber un lugar antes de destruir aquello que lo hizo deseable? La respuesta, cada vez más, no es "más controles de comportamiento", sino límites físicos —de personas, de tiempo, de acceso— allí donde la masificación amenaza con devorar el propio paraíso que se vende en los folletos.

Lo que esto significa para quien viaja con cabeza

Visto todo junto, la reforma de visados deja de parecer una medida aislada y se entiende como una pieza más de algo más amplio: un país que está recalibrando su relación con el turismo de masas, entre el cansancio hacia el visitante irrespetuoso, la persecución de quienes usan el turismo como tapadera para negocios ilegales, y la necesidad física de que ciertos lugares —como Maya Bay— puedan simplemente sobrevivir a su propia fama.

Para quienes viajamos con un mínimo de respeto, pagamos lo que consumimos y no pretendemos vivir un año entero a base de sellos turísticos, nada de esto debería cambiar gran cosa el viaje. Pero sí merece la pena entender el contexto antes de aterrizar: Tailandia no se ha vuelto menos hospitalaria. Simplemente, después de años de absorber en silencio lo que no le gustaba, ha empezado a decir, cada vez más alto, qué es lo que espera de quien la visita.