Radiografía de un armario (edición 2026)

Radiografía de un armario (edición 2026)
Yo a la edad de 6-7 años

Tras escuchar el último capítulo del podcast "Sobre la marcha" me he decidido a recopilar todas mis notas en un único lugar siguiendo la técnica conocida como Zettelkasten. Pero aquí no estoy para contarte de que se trata, para eso mejor que escuches el podcast de mi amigo Gabriel Viso.

Lo que vengo aquí a contarte es que con esta recopilación de notas he encontrado un artículo que escribí en mi anterior blog en 2020 y que he querido actualizar en base a ese artículo donde narro mi salida del armario tras haber leído un artículo del periodista Mikel Iturriaga para CTXT.


Hay olores que te devuelven a un lugar. Frases que abren una puerta que creías cerrada. Y a veces, simplemente una imagen, una escena, una frase leída en un libro viejo te coloca de golpe en la piel del niño que fuiste.

A mí me pasa con ciertos cómics. Concretamente con uno: un librito pequeño, de esos que se repartían en catequesis, que contaba la vida de Jesucristo. Tendría unos ocho años. Había una ilustración en el capítulo de la Pasión donde aparecía un cuerpo masculino, torso desnudo, absolutamente marcado. No entendía muy bien lo que sentía, pero lo sentía. Y volvía a esa página más veces de las que me atrevería a confesar.

No tenía nombre para aquello. Solo sabía que me producía algo parecido al miedo y algo parecido a la satisfacción, en el mismo instante.


La EGB la pasé en un colegio de monjas. Era el protegido de la clase: buenas notas, piano desde los cinco años, melódica siempre encima. Las monjas me pedían que tocara el órgano de la capilla en ocasiones especiales. Un niño modelo, vaya. Lo que nadie sabía es que con algunos amigos habíamos empezado a explorar nuestra sexualidad con esos juegos que los niños tienen y que luego, de adultos, no saben muy bien cómo nombrar. Juegos inocentes. O eso pensábamos.

Con once años me expulsaron —con elegancia, claro, estas cosas nunca se llaman expulsión— porque según las monjas era "demasiado curioso y creativo". Lo cual, a toro pasado, tiene toda la lógica del mundo.


Llegó el BUP. Nuevo instituto, nuevos compañeros que empezaban a salir con chicas. Yo era un poco gordito e invisible para ese ritual. Me quedaba en los márgenes observando, preguntándome si lo que yo sentía era lo mismo que ellos describían o algo fundamentalmente diferente.

En segundo de BUP un amigo me confió un secreto mientras estudiábamos en su casa: que a veces sentía algo por los chicos. Y yo sentí exactamente lo mismo que debió sentir él al decírmelo: alivio y pánico a partes iguales. Le confesé que a mí me pasaba lo mismo. Fue más un juego que un acto sexual, pero durante días me sentí tan mal que no fui capaz de hablarle. Él me pidió perdón, como si hubiera hecho algo terrible. Ninguno de los dos tenía herramientas para entender lo que éramos.

Una noche soñé con una chica. Me desperté y pensé, con esa lógica desesperada que tienen los adolescentes: ves, no eres homosexual. Pero al día siguiente el cómic de catequesis seguía en mi cabeza.


Cambié de instituto. El Blanxart de Terrassa, bachillerato nocturno porque trabajaba en el negocio familiar. Estábamos en 1990 y no existía internet. La información que me llegaba sobre lo que yo era no era precisamente la que buscaba.

Hasta que en la primera clase de religión de tercero de BUP el cura nos entregó una lista de temas para el trabajo de fin de curso. La leí entera. Y ahí estaba: Homosexualidad.

Lo quise desde el primer segundo. Pero me daba miedo hacerlo solo. Estuve días maniobrando con discreción hasta convencer a un chico y una chica que habían elegido Sexualidad de fusionar los trabajos. Me encargaría yo del apartado sobre homosexualidad. Crucé los dedos. Aceptaron.

Durante ese curso hice, con la excusa académica como escudo, la investigación más importante de mi vida.

Busqué en el cine: Compañeros inseparables, Maurice, Sebastiane. En Compañeros inseparables vi por primera vez a dos chicos besándose y me pareció lo más bonito que había visto nunca. Busqué en las páginas amarillas —sí, las páginas amarillas en papel— y encontré el Casal Lambda de Barcelona. Pedí cita con su fundador, Armand de Fluvià. Me la concedió. Fui. Al despedirme me dio una revista de la asociación que recuerdo con una claridad absurda, como si la tuviera aquí delante.

Diseñamos también una encuesta anónima para repartir por el instituto. Íbamos clase por clase. La acogida era buena hasta que la directora de estudios nos llamó a su despacho y nos abrió un expediente. Estuvieron a punto de expulsarnos. Nuestro profesor de religión negoció: podíamos presentar el trabajo, pero no publicar los resultados de la encuesta.

La presentamos. Nota: un 10.

No recuerdo todos los resultados de aquella encuesta, pero sí recuerdo uno: aproximadamente el 10% de los estudiantes del instituto declaraba tener relaciones homosexuales de forma habitual. Uno de cada diez. Todos los días me cruzaba por el pasillo con personas como yo sin saberlo.


Han pasado más de treinta años desde ese curso de religión. El mundo ha cambiado de una manera que el chico de quince años que buscaba en las páginas amarillas no habría podido imaginar. Hay matrimonio igualitario. Hay referentes. Hay palabras para cosas que entonces no tenían nombre.

Y sin embargo sigo leyendo testimonios de adolescentes que viven exactamente lo mismo que yo viví: el mismo miedo, la misma soledad, la misma lógica retorcida de interpretar un sueño como prueba de normalidad. Las circunstancias externas cambian más deprisa que el interior de un niño asustado.

Lo que sí ha cambiado es que hoy ese niño puede encontrar lo que yo tardé años en construir desde cero. No tiene que ir a las páginas amarillas ni convencer a dos compañeros de clase ni esperar a que un cura proponga un trabajo de fin de curso.

Eso no es poco. Eso es, en realidad, todo.

Pero por si acaso llegas aquí y todavía no lo ves claro: entre todos los que tienes alrededor, hay más personas como tú de las que crees. Siempre las ha habido. La diferencia es que ahora podemos encontrarnos.