Por qué en Suecia vota casi todo el mundo (y qué esconde esa cifra)

Suecia va camino de otra elección con una participación por encima del 80%, casi veinte puntos más que España. El sistema está diseñado para que votar sea fácil: casi tres semanas de voto anticipado, sin papeleta física, en cualquier punto del país.

Por qué en Suecia vota casi todo el mundo (y qué esconde esa cifra)

El domingo 7 de septiembre, seis días antes de que Suecia celebre sus elecciones al Riksdag, fui a votar. No hice ninguna gestión especial ni pedí cita. Entré en el centro comercial que tengo cerca de casa, me acerqué a una oficina que el ayuntamiento habilita allí mismo durante estas semanas, mostré mi identificación y voté. En diez minutos estaba de vuelta en la calle.

No fue un voto por correo. Fue un voto presencial, en persona, con papeletas de verdad y un sobre que deposité yo mismo en una urna. La diferencia es que aquí, en Suecia, ese acto se puede hacer desde diecinueve días antes del día oficial de la elección. Y ese detalle, que a estas alturas me parece de lo más normal después de dieciséis años viviendo aquí, es en realidad una de las claves de un fenómeno mucho más amplio: por qué Suecia tiene una de las participaciones electorales más altas del mundo entre los países donde votar no es obligatorio.

Una cifra que pocos países pueden igualar

En las últimas elecciones al Riksdag, celebradas en 2022, votó el 84,2% del censo. Fue, de hecho, un descenso respecto a las anteriores: en 2018 la participación había llegado al 87,2%. Para ponerlo en perspectiva, la participación en Suecia no ha bajado del 80% desde los años cincuenta del siglo pasado. Tres generaciones de suecos han crecido viendo cómo vota, sistemáticamente, más de ocho de cada diez personas con derecho a hacerlo.

Solo dos democracias superan esa cifra entre las que suelo comparar en mi contenido: Bélgica, con cerca de un 87% en sus últimas elecciones, y Australia, con un 90%. La diferencia importante es que en ambos países el voto es obligatorio por ley; quien no vota se expone a una sanción administrativa. En Suecia no existe absolutamente ninguna obligación de votar. Nadie te multa, nadie te llama, nadie revisa si has ido a las urnas.

La comparación se vuelve más reveladora si miramos hacia el sur, hacia Catalunya y España. En las últimas elecciones generales, celebradas en julio de 2023, la participación fue del 66,6%. Casi veinte puntos por debajo de la sueca. Y España no es un caso especialmente bajo dentro del panorama internacional: en Estados Unidos, la participación en las presidenciales de 2024 fue del 64%, un porcentaje que además se consideró alto para los estándares históricos del país — la elección de 2020 marcó la cifra más alta desde 1960, con un 66%. En Japón, el contraste es todavía más marcado: en las elecciones a la Cámara Baja de octubre de 2024 votó el 53,8% del censo, la tercera cifra más baja desde la posguerra. Más de la mitad de la sociedad japonesa participa; la otra mitad, sistemáticamente, no.

La pregunta que me interesa no es tanto "por qué en España o en Japón vota menos gente", porque las causas de la abstención son multifactoriales y merecerían un artículo aparte. La pregunta que quiero responder aquí es la contraria: ¿qué hace Suecia, de manera concreta y replicable, para que votar sea tan sencillo que la inmensa mayoría de la sociedad decida hacerlo?

El voto anticipado: no es voto por correo

El primer factor, y el que motivó este artículo, es el sistema de förtidsröstning, el voto anticipado. Conviene aclarar de entrada una confusión habitual: esto no equivale al voto por correo que existe en España para quienes están fuera de su municipio el día de la elección. En Suecia, votar por anticipado significa acudir en persona a un punto de votación habilitado, identificarte, recoger las papeletas de los partidos que se presentan en tu circunscripción, entrar en una cabina, marcar tu elección y depositar tu voto en un sobre que el propio votante introduce en la urna. El procedimiento es idéntico al del día oficial de la elección; lo único que cambia es la ventana temporal en la que se puede realizar.

Para las elecciones de 2026, el periodo de voto anticipado se abrió el 26 de agosto y se extiende hasta el propio 13 de septiembre, día de la votación general. Son diecinueve días completos durante los cuales cualquier persona con derecho a voto puede acudir a depositarlo, sin necesidad de justificar el motivo ni de anticipar que estará ausente el día oficial.

Un segundo elemento, menos conocido fuera de Suecia, es que ese voto anticipado se puede emitir en cualquier punto habilitado del país, no necesariamente en el municipio donde uno está empadronado. Si vives en Estocolmo pero te encuentras de viaje en Gotemburgo, puedes votar en Gotemburgo con total normalidad; el voto se remite después, por vía administrativa, a tu distrito electoral de origen para que se compute allí.

Esa flexibilidad se traduce en una red de puntos de votación pensada, deliberadamente, para coincidir con los lugares donde la gente ya circula en su día a día. Los ayuntamientos suecos habilitan mesas en bibliotecas — incluidas bibliotecas universitarias, como ha hecho este año la Universidad de Mid Sweden en su campus de Sundsvall—, en centros comerciales de las grandes ciudades, como Nordstan o Frölunda Torg en Gotemburgo, en estaciones de tren de gran afluencia, como la Estación Central de Estocolmo, y en hospitales, como el Karolinska de Huddinge, donde el personal sanitario y los pacientes ingresados pueden votar sin salir del recinto.

Algunos municipios han llevado la idea todavía más lejos. Södertälje, al suroeste de Estocolmo, ha puesto en marcha para esta convocatoria un autobús electoral —valbuss— que recorre distintos barrios del municipio en fechas y horarios anunciados de antemano, funcionando como un punto de votación móvil para quienes tienen más dificultades para desplazarse hasta una sede fija. Y para los ciudadanos suecos residentes en el extranjero, el dispositivo se extiende a cerca de 290 puntos de votación repartidos por el mundo — 24 más que en 2022 —, entre embajadas, consulados y, en algún caso singular, comercios: los suecos residentes en Adelaida, Australia, pudieron votar entre el 3 y el 5 de septiembre en el propio establecimiento de IKEA de la ciudad, habilitado como sede temporal por la escasa distancia hasta la representación diplomática más cercana.

El resultado agregado de todo este dispositivo es que el voto anticipado ha dejado de ser una excepción para convertirse en la norma. En las elecciones de 2022, el 48,16% del electorado votó antes del día oficial, frente al 47% de 2018 y el 39% de 2010. La tendencia es claramente ascendente, y todo apunta a que en 2026 podría superarse la barrera del 50%.

Sin papeleta física, pero con identificación

Otra novedad relevante de esta convocatoria de 2026 es que ya no es necesario presentar la tarjeta de votación —el röstkort, el documento que cada persona con derecho a voto recibe por correo o de forma digital antes de la elección— ni para votar anticipadamente ni el día de la elección. Las mesas electorales trabajan ahora con un censo digital que permite comprobar el derecho a voto de cada persona simplemente verificando su identidad. En la práctica, esto significa que basta con presentar el DNI sueco, el carné de conducir o el pasaporte —cualquier documento que acredite el número de identidad personal, el personnummer— para que el receptor de voto pueda localizarte en el censo y entregarte las papeletas correspondientes. Quien carece de documento de identidad puede recurrir a que otra persona, siempre que ella sí disponga de identificación válida, dé fe de su identidad ante la mesa.

La lógica de esta modernización es doble: por un lado, reduce la dependencia de un documento físico que podría perderse, olvidarse o llegar tarde por correo; por otro, según ha explicado la propia Autoridad Electoral sueca (Valmyndigheten), permite un acceso más equitativo al voto para quienes, por la razón que sea, no reciben a tiempo su tarjeta.

Existe además una posibilidad que suele sorprender a quien viene de un sistema como el español: si votas de forma anticipada y posteriormente cambias de intención de voto, puedes acudir el día 13 de septiembre a tu colegio electoral asignado y votar de nuevo. En ese caso, prevalece el voto emitido el día oficial de la elección, y el voto anticipado queda automáticamente anulado. El sistema, por tanto, no solo facilita el acceso al voto, sino que tolera la rectificación hasta el último momento.

Tres papeletas, un mismo día

El segundo gran factor detrás de la alta participación sueca es de naturaleza estructural: el mismo día en que se elige el Riksdag —el Parlamento nacional— se eligen también los plenos regionales y los municipales. Cada votante deposita, en la misma jornada y en el mismo acto, tres papeletas distintas.

Esta coincidencia no es casual ni meramente logística. Tiene un efecto directo sobre la motivación para votar: las elecciones suecas no se perciben únicamente como un asunto abstracto que se decide en Estocolmo, sino como una decisión que afecta de manera inmediata a la gestión del hospital de referencia, del colegio del barrio o del transporte público local. La proximidad del objeto de la votación —lo municipal, lo cotidiano— refuerza el interés por lo nacional, que se vota en el mismo sobre.

Un sistema donde el voto nunca se pierde

El tercer factor es el diseño del propio sistema electoral. Suecia utiliza representación proporcional pura: si un partido obtiene el 20% de los votos válidos, recibe aproximadamente el 20% de los escaños del Riksdag. El sistema incorpora además los llamados utjämningsmandat, escaños de nivelación que corrigen las desviaciones que puedan producirse en el reparto por circunscripciones, de modo que el resultado nacional final refleje con la mayor fidelidad posible la proporción real de votos obtenidos por cada formación.

La consecuencia práctica es que, a diferencia de lo que ocurre en sistemas mayoritarios como el británico o el estadounidense, el elector sueco rara vez tiene la sensación de que su voto "no sirve para nada" por vivir en una circunscripción dominada históricamente por un partido distinto al suyo. Con ocho formaciones representadas actualmente en el Riksdag, la probabilidad de encontrar una opción razonablemente afín a las propias ideas es, sencillamente, mayor.

Confianza institucional y educación cívica

El cuarto factor es más difícil de cuantificar, pero aparece de forma constante en los estudios sobre participación electoral: el nivel de confianza en las instituciones. Suecia figura sistemáticamente entre los países con menor percepción de corrupción del mundo, y esa confianza se traduce en una convicción extendida de que el voto propio tiene un efecto real sobre el funcionamiento del país.

A esto se suma un elemento educativo poco conocido fuera de las fronteras suecas: el skolval, las elecciones escolares. Antes de cada convocatoria electoral real, los centros de secundaria organizan una votación simulada en la que el alumnado —incluidos los menores de 18 años que todavía no tienen derecho a voto— elige entre los mismos partidos que concurren a las elecciones oficiales, tras haber recibido visitas y presentaciones de sus representantes. El objetivo declarado es familiarizar a los futuros votantes con el proceso antes de que este sea vinculante para ellos. El resultado se refleja en las cifras: en las elecciones de 2022, la participación entre los jóvenes de 18 a 24 años alcanzó el 82,7%, una franja de edad que en la mayoría de democracias occidentales suele registrar los niveles de participación más bajos.

La otra cara de una democracia muy participativa

Hasta aquí, el retrato es el de un sistema diseñado con notable coherencia para maximizar la participación ciudadana. Pero conviene no quedarse solo con esa lectura, porque una participación del 84% tiene una implicación que rara vez se menciona: cuando vota prácticamente todo el mundo, también vota quien está descontento, quien se siente abandonado por el Estado o quien percibe amenazada su forma de vida. Ese voto no se queda en casa, como podría ocurrir en sistemas con menor participación. Se traduce en escaños.

Las encuestas publicadas en los días previos a esta convocatoria de 2026 sitúan al bloque de izquierdas —formado por los Socialdemócratas, el Partido de Izquierda, los Verdes y el Partido de Centro— en torno al 51-53% de la intención de voto, frente a un 45-47% para los partidos vinculados al llamado Acuerdo de Tidö, que sostiene al Gobierno actual: Moderados, Demócratas Cristianos, Liberales y Demócratas de Suecia (Sverigedemokraterna). Los Socialdemócratas de Magdalena Andersson encabezan las encuestas con cerca de un 29%; los Demócratas de Suecia de Jimmie Åkesson son la segunda fuerza, con un 19-20%; los Moderados del actual primer ministro, Ulf Kristersson, ocupan la tercera posición, con un 17%. Un dato que puede resultar decisivo: los Liberales rondan el 2,5%, por debajo del umbral del 4% necesario para obtener representación parlamentaria, lo que podría dejar sin uno de sus socios al actual bloque de gobierno.

Pero el dato agregado nacional, con ser relevante, oculta la parte más interesante de la historia: dónde, geográficamente, obtiene sus votos cada formación.

La paradoja geográfica de los Demócratas de Suecia

Los Demócratas de Suecia han construido su identidad política casi por completo alrededor del discurso migratorio: reducción drástica de la inmigración, desmantelamiento de programas de integración, endurecimiento de los requisitos de acceso a la ciudadanía. Cabría esperar, por tanto, que su apoyo electoral fuera mayor allí donde la presencia de población de origen extranjero es más visible y cotidiana. Los datos muestran justo lo contrario.

En las elecciones municipales de 2022, los diez ayuntamientos donde el partido obtuvo mayor porcentaje de escaños fueron los siguientes:

#MunicipioProvincia% de escaños SD
1BjuvSkåne41,9%
2SölvesborgBlekinge40,8%
3HörbySkåne38,7%
4ÖrkelljungaSkåne37,8%
5SvalövSkåne37,1%
6FärgelandaVästra Götaland35,5%
7Lilla EdetVästra Götaland35,5%
8KlippanSkåne34,3%
9MunkedalVästra Götaland34,3%
10SjöboSkåne34,1%

(Fuente: SCB / Kolada, vía Kommunatlas, sobre el reparto de escaños en el pleno municipal.)

Siete de estos diez municipios se concentran en Skåne, el extremo sur del país, fronterizo con Dinamarca; los tres restantes pertenecen a Västra Götaland, en el oeste. Se trata, en general, de municipios con una renta media inferior al promedio nacional, un desempleo juvenil superior a la media y un porcentaje menor de población con estudios superiores. Muchos de ellos atravesaron procesos de reconversión industrial en las últimas décadas.

Comparemos ahora con los diez municipios donde el porcentaje de población de origen extranjero —nacida fuera de Suecia, o nacida en Suecia con ambos progenitores nacidos en el extranjero— es más alto, según los datos más recientes de Statistics Sweden (SCB):

#MunicipioProvincia% origen extranjeroVariación en 10 años
1BotkyrkaStockholm63,0%+6,1 pp
2SödertäljeStockholm60,5%+9,7 pp
3SigtunaStockholm52,5%+12,9 pp
4JärfällaStockholm52,2%+14,8 pp
5HaparandaNorrbotten50,8%+0,1 pp
6BurlövSkåne50,0%+9,5 pp
7MalmöSkåne49,5%+6,3 pp
8Upplands VäsbyStockholm49,1%+12,7 pp
9Upplands-BroStockholm47,5%+15,2 pp
10SundbybergStockholm47,3%+8,3 pp

(Fuente: Statistics Sweden, tabla BE0101Q2. Media nacional: 27,7%.)

Las dos listas no comparten ni un solo municipio. Siete de los diez territorios con mayor proporción de población de origen extranjero pertenecen a la provincia de Estocolmo; siete de los diez con mayor apoyo a los Demócratas de Suecia pertenecen a Skåne. El único punto de coincidencia geográfica, en sentido amplio, es precisamente Skåne: allí conviven Malmö, con un 49,5% de población de origen extranjero, y municipios vecinos como Bjuv, Hörby o Sjöbo, con un apoyo a SD superior al 34% y una proporción de población inmigrante muy por debajo de esa cifra. Son, literalmente, comarcas colindantes con realidades demográficas opuestas y comportamientos electorales opuestos.

Conviene además matizar un caso concreto: Haparanda, quinto municipio en proporción de población de origen extranjero, es una ciudad fronteriza con Finlandia cuya composición demográfica responde en gran medida a una presencia histórica de población de origen finlandés, y no al debate sobre asilo e inmigración reciente que articula el discurso de los Demócratas de Suecia. Incluirla sin esa aclaración distorsionaría la comparación.

Por qué ocurre esto: más allá del titular fácil

Sería un error reducir esta paradoja a la idea de que "se vota contra lo que no se conoce". La explicación es más compleja y merece tratarse con cuidado.

En primer lugar, existe una percepción extendida de abandono institucional en las zonas rurales y en las localidades medianas del sur del país: peores servicios sanitarios, transporte público más deficiente y la sensación —no siempre infundada— de que las decisiones relevantes se toman en Estocolmo sin considerar las realidades locales. Esta sensación de periferia olvidada es un fenómeno que la ciencia política documenta en numerosas democracias occidentales, no solo en Suecia.

En segundo lugar, un factor de política pública concreto: tras el pico de solicitudes de asilo de 2015, el modelo sueco de dispersión de personas refugiadas asignó a muchos municipios pequeños una cantidad de nuevos residentes muy superior, en términos relativos, a su capacidad de infraestructura para la integración. En algunos de los municipios donde hoy los Demócratas de Suecia obtienen mejores resultados sí hubo, por tanto, una llegada significativa de población inmigrante en un periodo corto de tiempo, aunque el porcentaje total actual permanezca por debajo de la media nacional. La variable relevante, en estos casos, podría no ser tanto el volumen acumulado de población de origen extranjero como la velocidad y la falta de recursos con que se gestionó su llegada.

En tercer lugar, y de forma más general, los datos de 2022 confirman una tendencia que se observa también en otras democracias europeas y en Estados Unidos: la brecha electoral entre ciudad y territorio rural se amplía elección tras elección. Los Socialdemócratas crecieron de forma notable en 2022 en los barrios más acomodados de Estocolmo, mientras perdían apoyo en zonas periféricas con alta concentración de población inmigrante, las llamadas särskilt utsatta områden —áreas especialmente vulnerables—, donde otros factores socioeconómicos entran también en juego.

Lo que las dos historias tienen en común

Suecia ha construido, de manera deliberada y a lo largo de décadas, un sistema electoral diseñado para que votar sea sencillo: voto anticipado durante casi tres semanas, en cualquier punto del país, sin necesidad de papeleta física; representación proporcional donde ningún voto se pierde; tres elecciones simultáneas que conectan lo local con lo nacional; y una cultura cívica reforzada desde la escuela. El resultado es una participación que la mayoría de democracias del mundo envidiaría.

Pero esa misma arquitectura, precisamente por su eficacia, garantiza que absolutamente todas las voces —también las del descontento, también las del miedo, también las de quien se siente desplazado por las transformaciones demográficas y económicas de las últimas décadas— encuentren su reflejo exacto en el Parlamento. Una participación alta no es, por sí sola, garantía de un debate público más sereno. Es, simplemente, garantía de que ese debate —con toda su complejidad y todas sus tensiones— tendrá representación real.

Las elecciones son el próximo domingo, 13 de septiembre. Pero aquí, en Suecia, llevamos votando desde el 26 de agosto.