Cuando alguien recurre a la violencia —ya sea física o verbal— para imponer sus ideas, en realidad está demostrando su propia inseguridad. Porque si de verdad creyera en la solidez de sus pensamientos, no necesitaría forzar, amenazar ni humillar. La violencia aparece cuando faltan los argumentos, cuando el miedo a tener menos razón que el otro se disfraza de agresión. Quien confía en la verdad de sus ideas no necesita gritar ni golpear: le basta con razonar y escuchar.