Lo que el fundador sabía y yo tardé tres años en entender

Lo que el fundador sabía y yo tardé tres años en entender
Photo by charlesdeluvio / Unsplash

Sobre empresas, máquinas, y el momento en que alguien pierde su hijo.


Septiembre de 2022. Llevaba ocho años trabajando en Quickchannel, una empresa sueca de streaming de vídeo que habían fundado una pareja —él y ella— desde cero. Esa semana acababa de anunciarse lo que nos presentaron como una fusión. Con el tiempo entendimos que había sido, más bien, una compra. Pero en ese momento, la palabra oficial era "fusión", y todos intentábamos creer en ella.

Unos días después de la firma, tuve una conversación con el fundador. No recuerdo exactamente cómo empezó. Sí recuerdo cómo acabó: con él diciéndome que no quería seguir formando parte de una empresa donde los intereses de los accionistas estuvieran por encima de las personas.

Lo dijo con tristeza. Como quien habla de un hijo que ya no reconoce.

Yo asentí. Creo que dije algo comprensivo. Pero en ese momento, honestamente, no lo entendí del todo. Pensé que era melancolía de fundador. La nostalgia natural de alguien que construyó algo y ahora lo ve cambiar.

Tres años después, lo entiendo perfectamente. Y me ha costado vivirlo en primera persona.


De ocho personas a cuarenta

Cuando entré en Quickchannel éramos siete u ocho personas. El tipo de empresa donde todo el mundo sabe qué está haciendo todo el mundo. Donde si hay un problema, alguien lo resuelve sin que nadie se lo pida. Donde la comunicación no pasa por procesos ni por tickets: pasa por personas que se conocen, que se fían, que cubren los huecos sin necesidad de que estén en ninguna "job description".

Ese tejido invisible —ese conocimiento compartido, esas responsabilidades no escritas— es lo que hace que una empresa pequeña funcione con una eficiencia que las grandes no pueden replicar por mucho que lo intenten. No es magia. Es aceite.

Luego vinieron los inversores. Primero en 2020. Después la fusión, en septiembre de 2022. Y de las ocho personas originales de Quickchannel, hoy quedamos dos. El resto de la plantilla —casi cuarenta personas— viene de la otra empresa. La cultura, los procesos, las formas de hacer: todo de allá.

Los fundadores se mantuvieron unos meses. Luego vendieron sus acciones. Ahora no tienen ningún vínculo con la empresa que construyeron durante años.


La máquina que no puede quererte

Hace poco formé parte de una conversación en "Mossega la poma" un podcast de tecnología donde Marc soltó una idea que lleva días rondándome:

"La inteligencia artificial lleva existiendo siglos. Se llama empresa. Se llama corporación. Se llama Estado."

Una corporación es una entidad no física. No tiene cuerpo, no tiene emociones, no muere de vieja. Acumula conocimiento en procesos, contratos y normativas. Tiene objetivos propios que no dependen de lo que quiera ninguno de sus miembros individuales. Puede actuar en el mundo —comprar, vender, despedir, contratar— con una lógica que trasciende a cualquier persona concreta que trabaje dentro de ella.

La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales —siglo XVII— fue quizás el primer experimento a escala de lo que es una superinteligencia no humana. Una entidad con más poder que la mayoría de estados de la época, con memoria institucional propia, con agencia en el mundo. Absolutamente ajena a la moral de cualquiera de sus miembros.

Joel Bakan lo formalizó en 2003, en su libro The Corporation, aplicando literalmente los criterios del DSM a las grandes empresas. El diagnóstico: psicopatía clínica. No por malicia. Por diseño. El sistema optimiza para sus objetivos. Las personas son recursos.

Cuando lo leí, pensé inmediatamente en Quickchannel. No en la Quickchannel de los primeros años —esa no era una máquina. Era un grupo de personas con un proyecto. Pensé en la Quickchannel post-fusión. En esa entidad de cuarenta personas con procesos, estructuras, inversores, métricas. Una máquina perfectamente funcional.

Y una máquina, por definición, no puede quererte.


El aceite que desaparece

Dentro de cualquier organización hay conocimiento que no está escrito en ningún sitio. El empleado que, además de su función oficial, resuelve problemas sin que nadie se lo pida. Que sabe dónde está el archivo que nadie recuerda haber archivado. Que conoce al cliente difícil lo suficientemente bien como para saber qué decirle y cómo. Que centra la imagen para la web porque alguien tiene que hacerlo y él sabe hacerlo.

Ese conocimiento tácito actúa como aceite. Lubrica la maquinaria sin que nadie lo vea. Sin que nadie lo mida. Sin que nadie lo documente.

Cuando esa persona se va —o cuando es absorbida por una estructura más grande que no la conoce— la empresa no echa de menos a la persona. Detecta una serie de pequeños problemas inconexos. Abre tickets. Asigna responsables. No conecta los puntos.

El aceite desaparece. La máquina empieza a crujir.

Y aquí está la paradoja cruel: cuanto más grande y "profesional" se vuelve una organización, más reemplaza ese aceite invisible por procesos formales. Y más rígida se vuelve. Las grandes corporaciones no mueren de falta de tecnología. Mueren de artritis. Pierden flexibilidad, pierden humanidad, pierden esa lubricación que nadie puso en ningún manual.


Lo que el fundador sabía

El fundador lo sabía. Por eso estaba triste.

No era melancolía de emprendedor que no sabe soltar. Era algo más preciso: la comprensión de que la empresa que había construido —esa cosa viva, con alma, hecha de personas y de confianza y de conocimiento compartido— iba a transformarse en una máquina. Y que él ya no podría hacer nada para evitarlo.

Lo que me dijo aquella semana de septiembre de 2022 era exactamente eso: no quiero formar parte de una empresa donde los intereses de los accionistas estén por encima de las personas.

Yo pensé que hablaba de valores. Que era una declaración ética, quizás algo romántica.

Ahora entiendo que era una descripción técnica. Estaba describiendo el momento en que una organización deja de ser un grupo de personas con un proyecto y se convierte en una entidad con objetivos propios que trascienden a cualquiera de sus miembros. El momento en que la máquina toma el control.

Él lo vio antes que yo. Y eligió salir.


Cuatro años después

Yo he tardado más. Ocho años dentro dan mucha inercia. Y cuando llevas tanto tiempo en un sitio, te cuesta distinguir entre lealtad a las personas y lealtad a la institución. Son cosas distintas. Muy distintas.

Las relaciones son con personas. Con los fundadores que pusieron el alma en el proyecto. Con los compañeros que cubrían tus espaldas. Con los clientes que confiaban en tu criterio. Cuando esas personas se van —o cuando tú te vas— esas relaciones cambian, evolucionan, a veces desaparecen. Pero son reales.

La empresa que queda cuando esas personas se van es otra cosa. Puede ser un buen cliente. Puede ofrecerte proyectos interesantes. Puede pagarte bien. Pero no te debe lealtad. Y tú no se la debes a ella.

El fundador lo sabía en septiembre de 2022.

Yo lo entiendo ahora, en 2026, desde Suecia, preparándome para trabajar de forma independiente. Con trece años de experiencia que son míos, que me los llevo, que no se quedan en ningún proceso ni en ningún manual de procedimiento.

Tarde. Pero llegué.


¿Has vivido algo parecido? Me interesa saber si el momento en que entiendes esto cambia algo en cómo te relacionas con las organizaciones — o si siempre lo supiste y yo soy el último en enterarme.