El ingrediente inesperado · Capítulo 20 y Epílogo
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El despertador sonó a las siete de la mañana, un pitido suave que rompió el silencio de la habitación con más delicadeza de la que Sebastián recordaba. Abrió los ojos despacio. Tardó un segundo en orientarse.
Tailandia. Chiang Mai. Hotel.
Y Bom, dormida a su lado.
Ella estaba de medio perfil, la camisa de él convertida en su pijama improvisado. Respiraba tranquila, ajena aún al reloj, a los vuelos, a las despedidas.
Sebastián dejó que ese segundo se alargara un poco más.
Bom abrió los ojos lentamente. Parpadeó, se desperezó y lo miró con una mezcla de ternura y sorpresa, como si cada mañana junto a él fuera un regalo inesperado.
—Buenos días… —murmuró.
—Buenos días —respondió Sebastián, rozando su frente con un beso breve.
Hubo un silencio cálido, cómodo.
Hasta que la realidad llamó.
—¿Qué hora es? —preguntó Bom, incorporándose un poco.
—Las siete. A las once sale el vuelo a Bangkok.
Bom asintió, respiró hondo, y la expresión se le volvió un poco más seria, pero no triste. Era aceptación. Era “todavía estamos aquí”. Era “aún no es el momento de despedirse”.
Cada uno se duchó por turno, sin prisas pero con esa sensación de que el tiempo empezaba a moverse de nuevo.
El vapor llenó el baño mientras Bom se peinaba el cabello aún húmedo y Sebastián revisaba por enésima vez que tenía los pasaportes, el móvil, los billetes.
Las maletas ya estaban casi listas desde el día anterior; solo faltaban los cargadores, la camisa que Bom había usado y algún frasquito perdido entre sus cosas.
A las ocho y poco, bajaron al vestíbulo. Bom llevaba la blusa del día anterior ya seca y planchada.
Lak llegó a los pocos minutos con el coche alquilado por Sebastián, aparcado frente al hotel. Bajó la ventanilla y les dedicó una sonrisa amplia, más cálida de lo habitual.
—¿Listos? —preguntó desde el asiento del conductor.
—Listos —respondió Sebastián, aunque no estaba muy seguro de que fuera del todo cierto.
Bom subió al asiento de atrás. Sebastián se sentó a su lado. Las puertas se cerraron con un “clack” que resonó más fuerte de lo esperado. El coche arrancó despacio.
Chiang Mai iba despertando: monjes con sus cuencos caminando en fila, turistas despistados arrastrando maletas, el olor a sopa matutina que salía de un puesto recién abierto.
Todo tenía un brillo distinto, quizá porque sabían que era la última vez que lo verían juntos así.
Bom apoyó la mano en el asiento entre ellos.
Sebastián dejó la suya encima, sin palabras.
Lak los observó por el retrovisor una vez, pero no dijo nada.
No hacía falta.
El camino al aeropuerto fue tranquilo, casi meditativo.
El tráfico fluía, las montañas a lo lejos se veían como sombras verdes, y el cielo de la mañana estaba limpio, sin nubes, como si la ciudad se hubiera vestido elegante para despedirlos.
Cuando entraron en la zona de salidas del aeropuerto, Sebastián sintió cómo el corazón le latía más rápido. No por miedo. Por lo contrario.
Había algo que se estaba abriendo, no cerrando.
Lak entró directamente al parking del aeropuerto, siguiendo las flechas verdes hasta el tercer nivel. Aparcó cerca de los ascensores, buscando un hueco amplio para poder sacar bien las maletas. El motor se apagó y por un momento quedó un silencio extraño, como si ninguno quisiera ser el primero en moverse.
Los tres bajaron del coche. El aire fresco de la mañana golpeó ligeramente la piel todavía sensible al calor húmedo de Chiang Mai.
Sebastián abrió el maletero y Lak lo ayudó a sacar las dos maletas grandes. Bom, con el bolso pequeño cruzado al hombro, comprobó que el sobre seguía dentro, protegido, como si fuese algo frágil —un tesoro íntimo, una promesa doblada en papel.
—Vamos —dijo Lak, cerrando el coche con un pitido suave.
Entraron en la terminal juntos, arrastrando las maletas hasta la zona de salidas internacionales. La luz blanca del aeropuerto se mezclaba con el olor a café recién hecho, y las voces de los altavoces daban indicaciones en tailandés e inglés.
Ahí, frente a las cintas de facturación, llegó el momento que ninguno quería nombrar.
Lak se volvió hacia Sebastián y le dio una palmada en el hombro.
—Que tengas buen viaje —dijo en inglés con una sonrisa que intentaba ser ligera, pero tenía un fondo sincero—. Escríbeme cuando llegues.
—Lo haré —respondió Sebastián, devolviéndole el gesto.
Bom miró a Sebastián y le sonrió.
En aquella mirada había un hilo inevitable de tristeza, sí, pero también una esperanza enorme, luminosa, como si entendiera que esa despedida no era un final sino el comienzo de algo que podía durar toda una vida.
Sebastián se acercó y la abrazó.
Lak observaba la escena con una dulzura tranquila, feliz de ver a su mejor amiga así, con esa mezcla de emoción y serenidad que hacía tiempo no veía en ella. Y, al mismo tiempo, no podía evitar sentir una pequeña impaciencia: quería quedarse a solas con Bom para que le contara absolutamente todo lo que había pasado la noche anterior.
El abrazo fue largo… pero se sintió demasiado corto.
Cuando se separaron, Sebastián rozó sus labios con los de Bom en un beso discreto, contenido, como si los dos intentaran que no pareciera una despedida definitiva, sino un “nos vemos pronto”.
—Te espero en Madrid —dijo él, con una voz suave pero firme—. Ya sabes… cuando quieras.
Sebastián avanzó hacia el control de seguridad con las manos todavía calientes del último abrazo. La fila era corta, pero cada paso se sentía demasiado largo. Bom caminó a su lado hasta donde las líneas marcadas en el suelo lo permitieron.
—Hasta aquí… —dijo ella, intentando que la voz no temblara.
—Hasta aquí —repitió él, aunque lo que quería decir era querría quedarme más rato contigo.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
Solo se miraron.
Esa mirada no era la de dos personas que se despiden: era la de dos recién enamorados obligados a separarse por un rato más largo del que desearían.
Sebastián dio un paso dentro de la zona de seguridad.
Bom se quedó fuera, con los dedos entrelazados en su bolso, como quien intenta sujetar algo que se le escapa.
Él avanzó unos metros, luego se giró.
Ella seguía ahí.
Inmóvil.
Mirándolo como si intentara memorizar cada gesto, cada sombra, cada detalle.
Se sonrieron.
Una sonrisa pequeñita, frágil, recién nacida.
Cuando Sebastián puso sus pertenencias en las bandejas del control, bajó la mirada para que ella no lo viera limpiarse discretamente las lágrimas.
Bom, por su parte, tenía los ojos enrojecidos, conteniendo el llanto con una respiración profunda. No quería que él la viera llorar. No quería cargárselo. No quería romper el momento.
Pero las lágrimas igual se escaparon.
Se las secó rápido, mirando hacia otro lado.
Sebastián pasó por el arco de seguridad.
Cuando recogió su mochila, se giró una última vez.
Bom estaba allí, esperándolo con la mirada.
Y aunque mantenía la compostura, una lágrima rebelde le cayó por la mejilla.
Él no la señaló.
Ella no la ocultó más.
Se dijeron adiós con un gesto leve de la mano.
No hacía falta nada más.
Cuando Sebastián desapareció finalmente detrás de la puerta de embarque, Bom permaneció quieta unos segundos, respirando hondo, como si necesitara recomponer su mundo antes de moverse.
Lak, que había respetado la distancia desde unos metros atrás, se acercó dando pasos prudentes.
—¿Y bien? —preguntó con una mezcla de ansiedad, curiosidad y pura emoción—. ¡Vamos, cuéntamelo todo! ¿Qué pasó anoche? ¿Qué te dijo? ¿Qué hicisteis? ¿Qué es eso que guardas en el bolso?
Epílogo
El sol caía sobre la playa con una luz dorada que parecía sacada de una postal tailandesa.
El rumor tranquilo de las olas, el movimiento lento de las palmeras y el olor a sal y coco componían una escena que engañaría a cualquiera: aquello parecía el sur de Tailandia, quizá Phuket… o Koh Samui.
En la arena, dos tumbonas descansaban bajo una sombrilla de hojas trenzadas.
Entre ellas, sobre una mesita baja, dos cocos verdes recién abiertos, cada uno con su pajita de colores.
El sonido de una brisa suave movía el vestido ligero de Bom, que tomaba el sol con los ojos entrecerrados. El momento parecía detenido.
Entonces, el móvil de la mesita vibró con insistencia, rompiendo la quietud.
Bom abrió los ojos, se incorporó, miró la pantalla y frunció ligeramente el ceño.
—Sebas… —llamó, levantando un poco la voz.
A unos metros, Sebastián emergió del mar, con el agua deslizándose por su cuerpo y el pelo aplastado hacia atrás. Al verla sonreír, aceleró el paso sobre la arena.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Bom le tendió el móvil.
—Te llama Dani —dijo con toda naturalidad, sin sospechar nada—. Será importante.
Sebastián tomó el teléfono con las puntas de los dedos, aún mojado, y pulsó manos libres.
—¿Sí? ¿Dani?
La voz de Dani entró clara.
—Sebas, perdona que te llame ahora. Tengo una llamada para ti… muy importante. ¿Te la paso?
Sebastián miró a Bom, sorprendido.
—Eh… sí, claro. Pásamela.
Un clic.
Y luego, una voz desconocida.
—¿Don Sebastián Álvarez?
—Sí, soy yo.
—Le llamo del equipo Michelin España. ¿Puede hablar un momento?
Sebastián tragó saliva.
—Sí… dígame.
Bom lo miraba con curiosidad, sin imaginar lo que venía.
—Queríamos informarle de que su nuevo restaurante, Krapao, aparecerá en la próxima edición de la guía —continuó la voz.
Bom abrió los ojos, expectante.
—Y además —dijo la voz, con una pausa de ceremonia— ha sido reconocido con tres estrellas Michelin. Enhorabuena, señor Álvarez.
Sebastián cerró los ojos.
Bom se quedó sin habla.
Él consiguió murmurar:
—Muchísimas gracias.
—Recibirá la información de la gala por correo. Buen día.
La llamada terminó con un pequeño clic.
Sebastián bajó el teléfono, aún sin creérselo, y Bom lo abrazó con esa mezcla de risa, temblor y alegría que solo aparece en los momentos que cambian la vida.
Al moverse, sus pies se hundieron ligeramente en la arena.
Una arena oscura, casi negra, de granos gruesos y tibios, que absorbía el sol con intensidad.
Caminaron de regreso hacia las tumbonas, aún envueltos en esa emoción nueva.
La brisa marina les rozó la piel y, al girar la vista hacia el horizonte, la línea azul del mar dejaba ver, a lo lejos, una silueta inmensa y serena:
El Teide, recortado contra el cielo limpio.
Títulos de crédito sonando esta canción.