El ingrediente inesperado · Capítulo 19
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Llegaron y aparcaron la moto junto a la entrada del hotel.
Sebastián se bajó, se quitó el casco y se pasó una mano por el pelo aún húmedo.
—Aún es temprano… ¿te apetece dar un paseo? —preguntó.
—Sí, claro —respondió Bom, sonriendo con calma.
Entraron al hotel empapados de luz y de ese ruido amortiguado del Songkran que llegaba desde la calle. El bar de la recepción estaba casi vacío: dos turistas con la piel rosada por el sol, un camarero aburrido mirando el móvil, y un ventilador que movía el aire con una parsimonia exagerada.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó Sebastián.
—Agua helada —respondió Bom, sonriendo.
Pidieron dos botellas de agua y se sentaron en un sofá de mimbre. El suelo brillaba ligeramente por el trajín de gente entrando con los pies mojados. El contraste entre la calle caótica y ese interior silencioso era tan fuerte que parecía otra ciudad.
Sebastián sacó el móvil. Sentía un cosquilleo expectante en los dedos.
—Vuelvo en un momento —dijo, sin dar demasiadas pistas.
Se acercó al mostrador de recepción. El recepcionista —un chico joven, con el uniforme perfectamente planchado pese al calor— levantó la vista.
—¿Podría imprimir algo para mí? Es importante. Le mando el documento por email.
—Por supuesto, señor. Está es la dirección - dijo el recepcionista entregándole una tarjeta de visita del hotel.
Sebastián reenvió el correo electrónico con un archivo adjunto y esperó. El ruido de la impresora salió desde una puerta lateral, un “zzzz” mecánico que rompió la calma del vestíbulo. El chico salió con dos hojas recién impresas.
—Aquí tiene.
—¿Tendría un sobre? —preguntó Sebastián.
—Sí, señor. ¿Prefiere uno grande o pequeño?
—Pequeño. Gracias.
El recepcionista se lo entregó. Sebastián dobló las hojas con cuidado, las introdujo en el sobre y lo selló con el dedo pulgar, presionando el borde. Volvió al bar.
Bom lo miró con una mezcla de curiosidad y prudencia. Sabía que él estaba tramando algo, pero no preguntó.
—¿Listo? —dijo.
—Listo —respondió Sebastián, guardando el sobre en el bolsillo interior de la mochila.
Aún quedaba luz. Y tiempo.
—¿Quieres dar un paseo? —preguntó el.
—Claro.
Bom se quedó pensativa un segundo, y luego señaló hacia el centro del mapa mental que cualquier habitante de Chiang Mai lleva dentro.
—Podemos caminar hacia Wat Phra Singh. Está cerca, y seguro que todavía quedan familias haciendo las últimas ofrendas de agua. Es bonito a esta hora.
Salieron. El aire tibio los envolvió de inmediato. Las calles del Old City estaban más tranquilas que al mediodía, pero seguían vivas: niños corriendo con pistolas de agua, señoras mayores con cuencos de metal llenos de agua perfumada, motos que pasaban despacio para evitar salpicaduras excesivas.
Sebastián caminaba a su lado, sintiendo el peso ligero del sobre en la mochila. No quería dárselo todavía. No ahí. No entre motitos y cubos.
Bom lo miraba de reojo de cuando en cuando; no era descaro, era intuición. Pero no decía nada. No hacía preguntas.
A medida que avanzaban por las calles estrechas del Old City, el ruido del agua se suavizó y fue reemplazado por algo más cálido: el murmullo de familias, el tintineo de cucharas en bols de metal, el olor a jazmín recién cortado.
Cuando llegaron a la entrada del Wat Phra Singh, el templo estaba dorado por la luz del atardecer. Varios niños lanzaban agua suavemente sobre una imagen de Buda, sin bromas, sin risas de burla: era un gesto ritual, casi tierno.
Bom sonrió al ver la escena.
El lugar era perfecto. Tranquilo, íntimo, lleno de significado.
No era el momento todavía, pero estaba cerca.
El sobre seguía guardado.
Bom seguía curiosa.
La tarde seguía abierta.
Al cruzar la entrada lateral del Wat Phra Singh, Sebastián se sorprendió. No eran solo los murales ni el sonido suave de las ofrendas de agua: dentro del propio patio del templo había varios puestos ambulantes alineados bajo la sombra de los árboles. Algunos vendían flores para las ofrendas, otros pequeños amuletos… y varios más ofrecían dulces y bebidas frías pensadas para sobrevivir al calor del Songkran.
En el centro había un puesto que llamó la atención de Sebastián: una mesa larga de madera, una montaña de hielo en un cubo metálico, un raspador que brillaba a contraluz y varios recipientes con siropes de colores. Y allí, entre ellos, un cuenco lleno de cubitos negros que parecían trozos de obsidiana flotando en almíbar.
El hombre que atendía el puesto raspaba hielo con un ritmo casi meditativo. Shhk, shhk, shhk.
Sebastián se acercó, intrigado.
—¿Qué es esto negro? —preguntó, señalando el cuenco.
El vendedor, un señor mayor de piel tostada y sonrisa tranquila, respondió:
—Grass jelly. Very good for hot day.
Bom rió suavemente.
—Todos aquí lo pronuncian “glass jelly”, como si fuera helado de cristal —susurró—. Pero es una gelatina herbal. Refresca mucho.
—Pues quiero probarlo —dijo Sebastián.
Pidieron dos. El hombre raspó el hielo con habilidad y lo dejó caer en dos vasos de plástico. Añadió un chorrito de sirope transparente, leche condensada en un hilo perfecto y luego un generoso montón de gelatina negra. Todo emanaba un aroma fresco, un punto herbal.
Bom pagó antes de que él pudiera sacar la cartera.
—Hoy invito yo —dijo—. Es tradición.
Avanzaron unos metros hasta un pequeño banco de madera dentro del patio, justo al lado de un árbol decorado con cintas de colores que se movían lentamente con la brisa. Desde allí podían ver la puerta del viharn, los fieles con sus cuencos de agua y el chedi dorado que empezaba a recoger la luz cálida de la tarde.
Bom probó el suyo y cerró los ojos un segundo.
—Uf… este está buenísimo. No siempre los hacen así —dijo—. Pruébalo.
Sebastián tomó una cucharada. El hielo crujió suave entre sus dientes. La leche condensada le dio un toque dulzón y la gelatina negra… sorprendentemente refrescante.
Pero él no estaba realmente saboreando nada.
El sobre, escondido dentro de su bolsillo, parecía latir.
Bom siguió comiendo con tranquilidad, sin saber que cada segundo para él era un pequeño terremoto interno. Cuando terminó la primera capa del hielo, apoyó el vaso sobre sus rodillas y lo miró.
—Estás un poco raro —dijo en voz baja, sin reproche—. No mal. Sólo… raro.
Sebastián respiró hondo. Muy hondo.
Apoyó su vaso en el banco, giró ligeramente el cuerpo hacia ella y dijo:
—Bom… hay algo importante que tengo que decirte.
Ella levantó la vista. No había tensión, solo atención sincera. El sonido del raspador del puesto llegó desde unos metros más allá, acompañando la escena como un metronomo suave.
—Dime —respondió.
—Puede parecer una locura, pero estos días contigo han cambiado algo dentro de mí. No sé cómo explicarlo, pero es como si me sintiera libre —dijo Sebastián, con la voz entrecortada—. Como si hubiera recuperado la ilusión de cuando era niño. He hecho cosas que hace una semana ni siquiera me hubiera atrevido a imaginar.
Hizo una pequeña pausa, buscando en los ojos de Bom alguna señal, algo que lo guiara. Pero ella permaneció quieta, escuchándolo con esa serenidad que a veces confundía y a veces reconfortaba.
—Estando contigo he sentido… no sé… que volvía a respirar de otra manera. He aprendido cosas increíbles contigo, y…
—Te entiendo —respondió Bom, con una sonrisa suave pero algo distante—. Me alegra que te hayas sentido así.
Aquella distancia, mínima pero nítida, le dio un pequeño vuelco al corazón. Aun así, siguió.
—Es una sensación que no quiero que termine hoy. Es algo que… quiero seguir sintiendo. Perdona, no sé cómo contarlo sin parecer torpe.
—No pasa nada —dijo Bom, bajando la mirada hacia su vaso de hielo picado—. Gracias por compartirlo conmigo.
Sebastián respiró hondo. Sabía que si no lo decía ahora, no lo diría nunca.
—Me gustas —soltó de golpe, como quien lanza una verdad al aire esperando que alguien la recoja antes de que caiga.
Bom levantó la vista, sorprendida. El silencio entre ambos se alargó unos segundos que parecieron enteros.
—Tú también me gustas —dijo al fin, con honestidad—. Pero esto… es imposible. Mañana vuelves a Madrid y en una semana te habrás olvidado de mí. Y además… no creo que entiendas quién soy. Aquí las mujeres como yo lo tienen un poco más fácil que en otros sitios, sí, pero aun así… hay prejuicios. Ya estuve en España, y no fue bonito. Tampoco siempre lo ha sido en Tailandia. Y no quiero volver a sentir que me rompo. Por eso… no puedo dejarme llevar. No puedo sentir lo mismo. No debo. Aunque ojalá pudiera.
Aquella mezcla entre confesión y autoprotección le atravesó el pecho. Podía ver en ella un sentimiento real… pero encerrado detrás de un miedo antiguo, profundo, aprendido.
—No —dijo Sebastián, con calma—. No me voy a olvidar de ti. Quiero conocerte más. Me gustaría… si tú quisieras… pasar más tiempo contigo. Enseñarte mi mundo. De verdad.
Bom sonrió con tristeza, como si escuchara algo hermoso que se le había prohibido creer.
—Me encantaría —admitió—. Pero no puedo hacerme ilusiones. Seguro que lo entiendes.
—Lo entiendo perfectamente. Y por eso… he decidido hacer algo al respecto.
Sebastián respiró hondo.
Ya estaba decidido.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón para sacar el sobre, pero antes de que pudiera decir una sola palabra, una explosión de risas los rodeó.
—Eh… ¿qué…? —alcanzó a decir.
Demasiado tarde.
Tres niños aparecieron corriendo desde detrás de un árbol del recinto. Llevaban cubos de metal pequeños, cargados con agua tan fría que aún tenía restos de hielo flotando.
—¡No, no, no! —dijo Bom, levantando las manos.
Los niños no frenaron.
El agua cayó sobre ellos en un torrente helado que les cortó la respiración.
Sebastián gritó un “¡aaah!” entre sorpresa y risa.
Bom soltó un jadeo y luego una carcajada involuntaria.
Ambos quedaron empapados de pies a cabeza.
Un monje joven, que había estado barriendo cerca, se apresuró hacia ellos reprendiendo a los niños con firmeza tranquila.
Los pequeños bajaron la cabeza y desaparecieron detrás de una columna, buscando otro objetivo menos vigilado. El monje les dedicó una leve reverencia a Sebastián y Bom, como disculpándose por el caos infantil.
Los dos se quedaron quietos, tiritando un poco por el agua helada, con el hilo emocional roto de golpe… pero de una forma curiosamente natural, casi cómica.
Bom se sacudió el cabello mojado y se echó a reír.
—Dios mío… estamos empapados. Mira tu camiseta —dijo, señalándolo.
—Y tú… —Sebastián señaló su blusa pegada al cuerpo—. Pareces recién salida de una piscina.
Bom se frotó los brazos, temblando por el choque de frío.
—Estamos cerca del hotel —dijo—. ¿Quieres cambiarte? Yo necesito una toalla.
—Sí… mejor —respondió Sebastián.
Caminaron rápido por la calle, sin poder dejar de reírse por lo absurdo del ataque. Subieron al hotel aún chorreando, y el ascensor se llenó del olor fresco a agua perfumada.
Al llegar frente a la habitación, Bom abrió la boca para decir algo —quizá para despedirse, para no parecer que se dejaba arrastrar—, pero Sebastián ya había abierto la puerta e hizo un gesto suave para que pasara.
Bom entró casi sin pensarlo, como empujada por la inercia cómplice del momento.
Dentro, el aire acondicionado les arrancó un escalofrío simultáneo.
Sebastián se acercó al baño y volvió con una de las toallas blancas del hotel, todavía tibia por la humedad del ambiente.
—Toma —dijo, tendiéndosela—. Sécate un poco antes de ponerte algo seco.
Bom la aceptó con una sonrisa suave y se secó el rostro, el cuello y los brazos. El gesto era simple, pero tenía algo íntimo, doméstico, inesperadamente tierno.
Cuando terminó, Sebastián abrió la maleta y sacó una camisa limpia.
—Y ahora sí —añadió—. Te irá grande… pero está seca.
Bom tomó la camisa entre las manos. La observó un instante, con una expresión suave, imposible de descifrar del todo. Luego levantó la vista hacia Sebastián y señaló con una pequeña sonrisa hacia el baño.
—Voy a cambiarme aquí dentro —dijo.
Unos segundos después, la puerta se abrió.
Bom salió ya con la camisa puesta, que le quedaba amplia y ligera, como una prenda prestada que contenía más significado del que aparentaba. Se apartó un mechón húmedo del rostro y respiró hondo, aún algo descolocada por la intimidad espontánea del momento.
Mientras se ajustaba el último botón, dijo sin terminar de girarse:
—Por cierto… ¿qué era lo que ibas a decirme antes?
Sebastián tragó saliva. Allí estaba el momento, más íntimo aún que bajo los árboles del templo.
—Esto… —dijo, sacando el sobre por fin.
Bom se giró despacio. Lo miró.
Él le tendió el sobre con las dos manos, temblorosas.
—Es para ti. De verdad.
Bom frunció el ceño con esa mezcla suya de intuición, cautela y ternura. Abrió el sobre. Sacó las dos hojas. Cuando vio los vuelos, su respiración se detuvo un instante.
—Madrid… —susurró—. Ida y vuelta… sin fecha…
—Cuando quieras —dijo Sebastián—. Y el tiempo que quieras. Quiero que vengas. Quiero enseñarte mi vida. Quiero… que esto no termine aquí.
Bom bajó la mirada. Sus labios temblaron, como si el miedo se le hubiera abierto un poco, dejando entrar luz.
—¿Estás seguro? —preguntó, con esa voz frágil que él no le había escuchado jamás.
—Totalmente.
Bom cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, había emoción contenida, alivio y un amor tímido, pero verdadero.
Sebastián se acercó y la abrazó.
Bom respondió al instante, hundiendo la cara en su pecho, como si hubiese estado conteniéndose durante días.
Cuando se separaron, él la miró a los ojos.
Bom también lo miraba.
Y no apartó la vista.
Sebastián rozó sus labios con los de ella.
Bom correspondió.
Esta vez sin miedo.
Con intención.
Más suave.
Más cierto.
Más comprometido.
Ella apoyó la frente en la de él, aún con la camisa de Sebastián sobre su piel húmeda.
Bom, sin darse cuenta de cómo había llegado hasta ese punto, se dejó llevar, cerró los ojos, respirando lento.
No como quien se rinde, sino como quien encuentra un lugar seguro.
Y esa noche, sin prisas, sin palabras innecesarias, durmieron juntos por primera vez.