El ingrediente inesperado: Capítulo 17

El ingrediente inesperado: Capítulo 17

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Caminaban sin prisa por las calles en dirección al Wat Phra Singh, dejando atrás el ruido alegre de los cubetazos y las risas de Songkran. Sebastián avanzaba con una sonrisa que no podía disimular: aún sentía en las manos la textura de los ingredientes que habían encontrado en el mercado.

Al acercarse al templo, el bullicio empezaba a desvanecerse. La luz intensa del mediodía se suavizaba al filtrarse entre los frangipanis que enmarcaban la entrada, haciendo ondear las pequeñas banderitas de colores que colgaban sobre el camino. Era como si la ciudad, justo en ese punto, cambiara de tono: de la fiesta caótica a una calma luminosa que invitaba al recogimiento.

Sebastián y Bom atravesaron la entrada principal, donde varias familias se hacían fotos antes de continuar hacia el patio central. Desde el interior del viharn se escuchaba el murmullo grave de los monjes recitando, un canto continuo que parecía vibrar en el suelo de piedra. El aroma dulce del jazmín flotaba en el aire, mezclado con el incienso que ardía frente a las imágenes de Buda colocadas en mesas exteriores para el ritual de Songkran.

Los padres de Bom los esperaban bajo la sombra de un árbol, sentados en un banco de madera. La madre sostenía un cuenco metálico lleno de agua perfumada con pétalos blancos, y el padre sonreía al ver acercarse a su hija y a Sebastián. Se levantaron despacio, con esa serenidad tan propia de ellos.

—Ya estamos aquí —dijo Bom en inglés.

Bom se acercó a una mesa donde varios cuencos metálicos brillaban bajo el sol. Eran ligeros, de un metal plateado con pequeños relieves florales típicos del norte. Tomó dos y le ofreció uno a Sebastián.

—Estos los usaremos ahora.

Sebastián lo miró, curioso, moviendo el cuenco entre los dedos. Era sorprendentemente liviano, frío al tacto pese al calor del mediodía.

—¿Para qué exactamente? —preguntó.

Bom sonrió mientras llenaba el suyo en un gran recipiente con agua perfumada y pétalos de jazmín.

—Vamos a rociar agua sobre ese Buda que ves ahí —explicó señalándolo con un leve gesto de la cabeza—. Es parte del ritual de Songkran. Se considera una forma de purificación y un deseo de buena fortuna para el año nuevo.

Sebastián lo imitó, sumergiendo su cuenco en el agua fresca. A unos metros, bajo un toldo decorado con guirnaldas, una imagen de Buda reposaba sobre un pedestal adornado con flores amarillas. Una fila constante de personas se acercaba para verterle agua con gestos lentos y respetuosos, mientras otras esperaban pacientemente con sus propios cuencos.

—No hay que echar mucha —añadió Bom—. Solo un poco, suavemente. Como si lo bendijeras… o como si le agradeceras algo.

Sebastián asintió, siguiendo con la mirada a un grupo de ancianas que salpicaban la estatua con una delicadeza casi maternal. El sonido del agua cayendo sobre el metal del pedestal se mezclaba con los cantos de los monjes que llegaban desde el interior del templo.

—Vamos —dijo Bom, inclinando la cabeza hacia la fila—. Es nuestro turno.

Y avanzaron juntos, cuencos en mano, hacia la imagen bañada por la luz del mediodía.

Bom avanzó primero. Se colocó frente a la imagen y, con un movimiento lento, inclinó el cuenco y dejó caer un pequeño hilo de agua perfumada sobre el hombro del Buda. El líquido resbaló por el metal dorado, mezclándose con el que otras personas habían vertido antes. Bom cerró los ojos un instante, como si dedicara un pensamiento silencioso, y luego dio un paso a un lado para dejar a Sebastián pasar.

Sebastián se acercó con cierto nerviosismo, aunque intentó que no se notara. Sostuvo el cuenco con ambas manos y vertió un poco de agua, imitando la delicadeza con la que acababa de hacerlo Bom. El aroma a jazmín subió con el vapor cálido del mediodía. No sabía muy bien qué pedir ni cómo hacerlo, pero una sensación de calma inesperada lo envolvió mientras observaba el rastro brillante que dejaba el agua sobre la estatua.

Los padres de Bom fueron los siguientes. La madre avanzó con paso suave, sonriendo con timidez mientras vertía el agua con un gesto casi maternal, como si estuviera cuidando algo frágil. El padre lo hizo después, inclinado ligeramente hacia adelante, con una expresión serena que le daba al ritual un aire solemne. Cuando terminaron, juntaron las manos frente al pecho y se inclinaron antes de apartarse.

—Ya está —dijo Bom, bajando un poco la voz.

Los cuatro dejaron atrás el pequeño altar y cruzaron el patio buscando la salida del templo. El bullicio de las calles volvía a hacerse más presente a medida que se alejaban de la calma del recinto.

Los padres de Bom se despidieron allí mismo, diciendo que los esperarían en casa para preparar el resto de la ceremonia familiar. Bom respondió con una pequeña reverencia y unas palabras en tailandés que Sebastián no alcanzó a comprender, pero que sonaron cálidas y respetuosas.

Cuando quedaron solos, Bom le dio un golpecito suave en el brazo.

—Vamos.

Caminaron juntos por una calle lateral, donde el sonido de risas y chorros de agua volvía a envolverlo todo. La motocicleta seguía aparcada bajo la sombra de un árbol, justo donde la habían dejado horas antes. Bom se puso el casco, le entregó el suyo a Sebastián y se subieron, todavía con el aroma floral del agua perfumada impregnado en las manos.

—A casa —dijo Bom.

La motocicleta se detuvo frente a la casa de Bom, donde el portón estaba entreabierto. Nada más entrar, Sebastián percibió un olor distinto: un aroma fresco y floral que no venía del incienso de los templos ni del agua perfumada que aún llevaban en las manos. Era algo más delicado, más natural.

Lak estaba en el patio, arrodillado junto a un gran cuenco de cerámica lleno de agua clara. Sobre la superficie flotaban varias hojas de jazmín y flores blancas, algunas abiertas, otras apenas en botón. Había dispuesto también una pequeña mesa baja con toallas limpias, un par de recipientes más pequeños y unas cestas tejidas con pétalos frescos. Se veía concentrado, con esa calma meticulosa que lo caracterizaba.

Al verlos entrar, levantó la vista y sonrió.

—Perfecto, habéis llegado a tiempo —dijo en inglés.

Bom dejó los cascos a un lado y se arrodilló junto al cuenco, revisando que todo estuviera en orden. Sebastián observó la escena sin atreverse a preguntar, sintiendo una mezcla de curiosidad y respeto. Era la primera vez que presenciaba algo así tan de cerca… y además sabía que era el momento íntimo, el ritual familiar de verdad.

—¿Qué… qué vamos a hacer ahora? —preguntó finalmente, en voz baja.

Bom lo miró con una sonrisa tranquila.

—Este es el Rod Nam Dam Hua de verdad —le explicó—. Lo del templo ha sido solo la parte pública. Aquí es donde se honra a la familia. Donde pedimos perdón por cualquier error del año pasado y recibimos las bendiciones para el nuevo.

Sebastián tragó saliva. No sabía qué decir. Solo asintió.

Los padres de Bom salieron de la casa en ese instante. Ambos se habían cambiado de ropa: llevaban prendas limpias, ligeras, y un aire casi ceremonial. La madre saludó con una inclinación suave, el padre con su expresión amable de siempre.

Lak les ofreció a Bom y a Sebastián dos pequeños cuencos metálicos similares a los del templo, pero más elaborados, con relieves de flores y motivos Lanna.

—Estos se llenan con esta agua —explicó Lak—. Tiene hojas de jazmín, para simbolizar pureza y paz.

Sebastián tomó el cuenco con las dos manos. El metal estaba frío, el agua aún más. Inclinó la cabeza, no del todo seguro de cuál era exactamente su papel.

Bom se acercó a él y susurró:

—Sigue lo que yo haga. No te preocupes.

Los padres se sentaron en el pequeño banco de madera del patio, uno junto al otro, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Bom se arrodilló frente a ellos, e inclinó la cabeza. Sebastián lo imitó a su lado, sintiendo el suelo ligeramente húmedo bajo las rodillas.

Bom fue primero. Vertió un pequeño hilo de agua sobre las manos de su padre y luego sobre las de su madre, mientras decía unas palabras en tailandés. Los padres cerraron los ojos y sonrieron, como si cada gota llevara algo más que agua.

Después, Bom se giró hacia Sebastián.

—Ahora tú.

Sebastián respiró hondo. Avanzó un poco, acercó su cuenco a las manos del padre de Bom y dejó caer el agua con delicadeza, cuidando de no salpicar demasiado. Luego hizo lo mismo con la madre. No sabía qué decir, así que simplemente murmuró un “gracias” casi inaudible.

Pero cuando levantó la vista, ambos lo miraban con una calidez inesperada.

—Te deseamos un buen año —dijo el padre, despacio, para que lo entendiera—. Salud y buena fortuna.

La madre añadió unas palabras en tailandés, pero la sonrisa bastaba para comprender el sentido.

Sebastián sintió un nudo en la garganta. Era como si ese gesto, tan simple, lo hubiera acogido definitivamente dentro de la familia.

Lak completó la ceremonia rociando unas gotas más sobre las manos de los padres y colocando pétalos en el agua del cuenco grande. El sonido de los pétalos al tocar la superficie fue lo único que rompió el silencio.

Bom le dio un codazo suave a Sebastián.

—Ya está —dijo con un brillo especial en los ojos—. Ahora sí empieza nuestro año nuevo.

El padre de Bom, que todavía secaba sus manos con una pequeña toalla, lo miró con una sonrisa cómplice.

—Y ahora te toca a ti —dijo en inglés, aunque aquí quedaba reflejado en español—. Hoy es tu turno en la cocina.

La madre asintió, divertida, como si la idea le pareciera encantadora.

Sebastián soltó una risa nerviosa, sintiendo una mezcla de presión y entusiasmo.

—Vale… pues vamos allá —respondió.

Y mientras se levantaban del patio todavía impregnado de olor a jazmín, Sebastián sintió que ese instante —el ritual, las sonrisas, la invitación a cocinar— marcaba de verdad el comienzo de algo nuevo. No solo del año.

De él mismo.