El ingrediente inesperado. Capítulo 16

El ingrediente inesperado. Capítulo 16
Foto: Daniel Aragay

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Sebastián giró la cabeza hacia Bom mientras seguían avanzando entre los puestos iluminados del mercado nocturno.

—A ver… —dijo él, bajando un poco la voz mientras caminaban entre los puestos del mercado—. Comino, clavo, canela y anís estrellado no hay problema. Eso lo tengo más que controlado. Pero estas dos… —se detuvo y señaló la palabra “ma-khwaen” en la pantalla del teléfono de Bom—. Esto no sé ni por dónde empezar. Y la pimienta larga tampoco.

Bom sonrió, como si hubiera estado esperando ese comentario.

—Tranquilo. Aquí las tienen seguro. Solo hay que saber dónde mirar.

Se desviaron hacia la zona donde se vendían especias en montañitas perfectamente formadas, de colores terrosos y rojizos. El aire estaba cargado de aromas, algunos dulces, otros punzantes, otros tan profundos que parecían salir directamente de la tierra.

Las semillas de ma-khwaen

Bom cogió un pequeño racimo de bolitas negras unidas por un tallo fino. Parecían mini racimos de pimienta, pero más irregulares, casi como pequeñas bayas secas.

—Esto es ma-khwaen —dijo—. Es muy típico aquí, en el norte, pero fuera de aquí casi no se encuentra.

Sebastián las acercó a la nariz y frunció el ceño, sorprendido.

—No huele como la pimienta.

—Porque no lo es —comentó Bom—. Es más cítrico, ¿lo notas? Un poco como lima kaffir, con un toque floral.

Y sí: el aroma era fresco, perfumado, con un punto picante que no quemaba sino que despertaba. Incluso tenía algo que recordaba a la madera húmeda después de la lluvia.

—Tiene un sabor que te hace cosquillas en la lengua —añadió Bom—. No exactamente picante, más bien… vibrante. Por eso a veces lo comparan con la pimienta de Sichuan, aunque no adormece tanto.

Sebastián sonrió como un niño que acaba de descubrir un juguete nuevo.

—Vale, esto ya lo quiero usar en algo más.

La pimienta larga

En otro puesto, una mujer sacó una bolsita con piezas alargadas, del tamaño de un dedo pequeño. Eran como pequeñas piñas secas, estrechas y llenas de textura.

—Y esto es la pimienta larga —explicó Bom—. Antes se usaba más que la pimienta negra. En el norte aún la verás en platos antiguos.

Sebastián tomó una pieza entre los dedos y la olió. Era familiar, pero distinta.

—Pica menos de lo que parece —dijo Bom—. Es más cálida, como una mezcla entre pimienta negra y canela. Tiene ese punto dulce, ¿lo notas?

Sí. El aroma era profundo, terroso, con un toque especiado casi cálido que le recordaba a los guisos de invierno en Madrid, pero sin perder su identidad tailandesa. Un puente perfecto entre dos mundos.

—Con esto puedo hacer maravillas —dijo Sebastián, casi sin pensarlo.

Bom rió.

—Primero compraremos lo necesario para la comida, maestro. Luego ya inventarás todas las fusiones que quieras.

Sebastián pagó las especias y juntos siguieron avanzando por el mercado.

—¿Ya tienes el menú de hoy? —preguntó Bom con cierta emoción.

—Creo que sí, un par de platos y un postre. Espero poder encontrar los ingredientes que necesito… y si no, me adaptaré —respondió Sebastián, intentando sonar convencido, aunque en realidad aún tenía el esbozo de una idea más que un plan firme.

—¿Y se puede saber qué platos son? —insistió Bom, ahora claramente intrigada.

—De momento lo dejamos en secreto —dijo él con una sonrisa leve—, al menos hasta que vea si puedo encontrar lo que imagino.

Dejaron atrás los puestos ambulantes y cruzaron el umbral del edificio del mercado. Sebastián sintió que entraba en otro universo. Hasta ese día, solo había visto los supermercados de los centros comerciales tailandeses: espacios impecables, fríos, donde todo estaba envuelto en plástico perfecto, alineado en estantes pulidos bajo una luz blanca que no dejaba lugar al azar. Supermercados con hilo musical suave, aire acondicionado implacable, clientes con ropa de marca y turistas que se mezclaban sin llamar la atención.

Pero esto… esto era otra cosa.

El edificio viejo respiraba historia y humedad. La luz entraba irregularmente entre rendijas y techos improvisados, y lo demás lo iluminaban bombillas desnudas o neones medio parpadeantes que parecían luchar por sobrevivir. El aire estaba lleno de gritos alegres de vendedores y compradores, voces superpuestas que creaban un caos vibrante, casi hipnótico. La ropa de la gente era sencilla, práctica, gastada por el uso y el calor. Y allí los turistas, pocos y perdidos, parecían piezas de otro rompecabezas, observados con una mezcla de curiosidad y costumbre.

Sebastián avanzó despacio, intentando abarcarlo todo: el olor a hierbas frescas, la humedad de la carne recién cortada, la acidez del tamarindo abierto, el sonido metálico de los cuchillos golpeando tablas de madera, los montones de verduras que parecían dispuestas sin orden y, sin embargo, formaban una armonía extraña.

Era un mercado vivo. Y él, por primera vez, se sentía dentro de él, no solo mirándolo desde fuera.

—Oye, Bom… ¿cuántos seremos para comer? Necesito ajustar cantidades antes de que empecemos a comprar a lo loco.

Bom sonrió, como si acabara de esperar justo esa pregunta.

—Cinco —respondió—. Mis padres, tú, yo… y Lak. Está de camino. Va a recoger el coche que alquilaste.

—¿Lak viene? —la sonrisa de Sebastián apareció sin pedir permiso—. Qué bien. Me alegra un montón verlo.

—Ya te dije que le caes bien —respondió Bom—. Y además, en cuanto mencioné que ibas a cocinar, dijo que no se lo perdía por nada del mundo.

A Sebastián le hizo gracia la naturalidad con la que Bom hablaba de él delante de sus padres… y ahora también de su mejor amigo. Pero sobre todo, le tranquilizó saber cuántos serían: cinco. Números claros, cantidades razonables.

—Vale —dijo, respirando hondo—. Entonces ajustemos todo para cinco.

Bom asintió y lo guió entre los pasillos hasta que el aire cambió de golpe.

Allí donde terminaban las frutas y las hierbas, comenzaba la zona del pescado y el marisco. El olor era más intenso pero limpio, mezclado con el movimiento constante del agua en grandes cubetas de plástico donde los peces vivos nadaban lentamente bajo luces irregulares.

—Aquí tienen buen producto —comentó Bom, señalando un puesto donde una mujer con un delantal azul chapoteaba con una red metálica dentro de un tanque.

Sebastián se agachó a ver mejor. Peces plateados nadaban con desgana; otros más pequeños, rojizos, se agolpaban cerca del tubo de aireador. Y un grupo de gambas enormes —perfectas para una comida de cinco— golpeaban la superficie del agua con movimientos bruscos.

—Para marisco, mejor de aquí —explicó Bom—. Está vivo, así que no hay duda de la frescura.

La vendedora dijo algo rápido en tailandés. Bom respondió y luego miró a Sebastián.

—Dice que si quieres elegir tú mismo.

Sebastián sonrió. Señaló cinco gambas grandes, una por persona, y pidió unas cuantas más “por si acaso”, pensando en los padres de Bom y en la voracidad legendaria de Lak.

La mujer metió la red, atrapó las gambas y las dejó caer en un cubo de aluminio. El sonido hueco resonó con fuerza.

—Perfectas —murmuró él.

La mujer las envolvió en papel grueso y luego en una bolsa doble para evitar fugas.

Siguieron avanzando entre tanques de tilapias agitadas, cangrejos moviendo las patas como si marcharan en formación y pequeños calamares de río que parecían recién capturados. Sebastián lo observaba todo con fascinación.

Más adelante, al pasar a la zona de verduras, el aire volvió a cambiar. El olor fresco del cilantro y la menta se mezclaba con la tierra húmeda de las raíces expuestas. Bom señaló unas cestas llenas de limas verdes, pequeñas y brillantes.

—Limas makrut. ¿Quieres algunas?

—Sí —respondió Sebastián, oliendo una—. Están perfectas.

Compraron un puñado. Después siguieron por los puestos y fueron añadiendo tomates locales, pepinos aún húmedos por el hielo, tamarindo blando, chalotas rosadas, cilantro fresco y un ramillete de pandan que la vendedora cortó con un machete como si fuera mantequilla.

En algún momento, Sebastián se dio cuenta de que la bolsa que llevaba empezaba a deformarse.

—Creo que voy a necesitar otra —dijo, riendo.

Bom le pasó una bolsa vacía de plástico grueso que la vendedora le ofreció al verlos cargar tanto. Él la abrió y repartió parte del peso. Bom hizo lo mismo: ahora ambos llevaban dos bolsas cada uno, colgando de las manos y golpeando suavemente sus piernas al caminar.

—¿Ahora sí lo tienes todo? —preguntó Bom, observando las cuatro bolsas llenas de colores y aromas.

—Ahora sí —respondió con una sonrisa tranquila.

Salieron del mercado y casi por arte de magia apareció Lak.

Cuando salieron del mercado cargados con las bolsas, Sebastián vio a Lak acercarse con su sonrisa amplia y esa energía que parecía contagiarlo todo. En cuanto estuvo lo bastante cerca, Lak levantó la mano para saludar.

Al reunirse, los tres cambiaron automáticamente al inglés.

—¡Hey! —saludó Lak con entusiasmo—. Me alegra mucho verte.

—Lo mismo digo —respondió Sebastián, dejando un momento las bolsas en el suelo para juntar sus manos y hacer el saludo tailandés.

Lak rió mientras lo examinaba de arriba abajo, como asegurándose de que seguía entero.

—Estaba un poco preocupado —dijo, aún en inglés—. Eso de conducir por Tailandia por primera vez, con el volante a la derecha… no es poca cosa.

Sebastián soltó una carcajada.

—Bueno, sigo vivo, ¿no?

Lak hizo un gesto exagerado, como si dudara de ello.

—Por muy poco, ¡estoy seguro! Pero oye… —le señaló con el dedo, divertido— estoy orgulloso de ti.

Bom observaba la escena con una sonrisa ligera, feliz de verlos reencontrarse.

Lak se inclinó para mirar las bolsas repletas.

—A ver, ¿qué habéis comprado?

Sebastián abrió una de ellas. Lak inspeccionó las gambas vivas, las limas makrut, la galanga, el cilantro, los tomates y el pandan con el gesto concentrado de quien conoce bien los mercados.

—Buena compra —asintió—. Muy buena. Huele a comida importante.

—Gracias —respondió Sebastián.

Entonces miró las bolsas, llenas y pesadas, colgando de las manos de Sebastián y Bom.

—Dejadme ayudaros —dijo—. Llevo todo esto a casa de Bom en taxi. Vosotros podéis ir dando un paseo al templo.

Lak tomó dos bolsas de Sebastián y otras dos de las manos de Bom con total naturalidad, como si no pesaran nada.

—Id, id. Yo me encargo.

Sebastián lo vio alejarse hacia la fila de taxis, cargado con todo pero sin perder la sonrisa.

—Siempre tan dispuesto a ayudar… —dijo en voz baja.

—Es Lak —respondió Bom—. No sabe ser de otra manera.

Sebastián la miró con una mezcla de cariño y fascinación. Comprendía cada vez mejor por qué Lak era tan importante para ella… y sentía, con cierta sorpresa, que él mismo empezaba a encontrar su lugar en ese pequeño círculo.

—¿Vamos? —preguntó Bom.

—Vamos —respondió él.

Y juntos se dirigieron hacia el templo, mezclándose entre la gente que ya empezaba a preparar cubos, flores y recipientes de agua perfumada para recibir el Songkran, mientras el ambiente se llenaba de un murmullo festivo que prometía un día memorable.