El ingrediente inesperado: Capítulo 15

El ingrediente inesperado: Capítulo 15

Seguimos con la novela que puedes encontrar aquí: https://books.danielaragay.net/bookstack/books/el-ingrediente-inesperado


Al día siguiente, Sebastián se levantó temprano, mucho antes de que sonara el despertador. Aprovechó la mañana para hablar con su hija por videoconferencia. No contó nada sobre su aventura con Bom, aunque ella notó cierta alegría que no veía en su padre desde hacía años.

—¿Papá, va todo bien? —preguntó su hija con una sonrisa pícara.

—Sí, muy bien. Ya cuando llegue a España te contaré con más detenimiento, pero la verdad es que vale mucho la pena venir durante el año nuevo tailandés, y más aún estando con alguien de aquí.

—¿Con tu guía? No me has enviado ninguna foto suya. ¡Envíala ya!

—Bueno… —dijo Sebastián casi a regañadientes.

Miró en su carrete y, la verdad, no tenía muchas fotos con ella. Pensó que ese día aprovecharía para hacer alguna. Encontró una que le había hecho junto al templo que visitaron en Phitsanulok. A los pocos segundos, su hija ya la había recibido.

—¡Qué guapa y simpática se le ve! —dijo su hija.

—Es muy maja, y ayer conocí a sus padres —respondió sin pensarlo. Pero al segundo se dio cuenta de que quizás había dicho demasiado.

—Uy, papá… eso suena a cita.

—No, qué va —respondió Sebastián intentando restarle importancia—. Los tailandeses son muy serviciales.

—Será eso —dijo su hija con una sonrisa.

En ese momento entró un mensaje de Bom, y el rostro de Sebastián se iluminó al instante.

—Hija, te tengo que dejar. Bom me estará esperando en recepción; vamos a visitar unos templos.

—De acuerdo, papá. Pero recuerda que mañana regresas a España.

Aquello le cayó como un jarro de agua fría. De pronto entendió muchas cosas: las miradas esquivas de Bom, sus silencios, esa distancia que a veces se colaba entre sonrisa y sonrisa. Quizás no era frialdad, sino una forma de protegerse. Al fin y al cabo, él era un turista de paso, y ella ya debía de saber cómo terminan esas historias: alguien promete volver, y el tiempo se encarga de borrar las promesas junto con los billetes de avión.

Miró el mensaje que acababa de recibir:

Buenos días, Sebastián. Cuando te despiertes, escríbeme. Si quieres, puedo pasar a buscarte por el hotel y te llevo a unos mercados para que compremos los ingredientes que necesitas para la comida hispano-tailandesa.

Sonrió.

Buenos días, Bom. Justo me acabo de levantar —respondió, con una pequeña mentira que no pudo evitar—. Me encantará visitar un mercado contigo cuando quieras.

A los pocos segundos llegó la respuesta:

Lo siento, espero no haberte despertado con mi mensaje. En treinta minutos estoy ahí. Hasta luego.

No te preocupes, me he despertado unos minutos antes. Aquí te espero —escribió, añadiendo un emoji de beso.

Mientras dejaba el teléfono a un lado, una idea le cruzó la mente.

Pensó en la despedida.

No quería que llegara.

No quería que aquello fuera un final, sino un punto y aparte.

¿Cómo demostrarlo?

Ese día no se concentraría solo en lo que cocinarían, sino también en cómo mostrarle a Bom que lo que sentía por ella no era un capricho pasajero.

Sebastián miró el reloj.

Aún quedaban unos minutos antes de que Bom llegara, así que tomó el móvil y buscó un número en la agenda.

Marcó.

—Hola, Dani, ¿qué tal va todo por ahí? —dijo con voz tranquila, aunque el brillo en sus ojos lo delataba.

Hizo una pausa, escuchando al otro lado de la línea.

—Perfecto. Sí, justo eso quería comentarte…

A pocos kilómetros de allí, Bom se despedía de sus padres.

Su madre le alcanzó una pequeña bolsa con flores de jazmín, y su padre, sin decir palabra, le colocó una mano en el hombro.

—Nos vemos al mediodía en el templo, ¿de acuerdo? —dijo ella con una sonrisa.

Encendió la moto y salió por el camino de tierra que llevaba a la calle principal.

El aire de la mañana era tibio, y el sonido de los pájaros se mezclaba con el rugido del motor.

A medida que avanzaba, la ciudad de Chiang Mai despertaba: puestos que abrían y el olor a arroz jazmín recién cocinado.

Bom sonrió sin saber por qué.

El vestíbulo del hotel estaba lleno de luz. El sonido de una fuente y el murmullo de los huéspedes creaban una calma casi hipnótica.

Sebastián esperaba junto a la entrada, mirando de vez en cuando su reflejo en el cristal.

Revisó el móvil por inercia. Nada aún.

Entonces, el rugido de una moto rompió el silencio exterior.

Levantó la vista.

Bom aparcó frente a la entrada, se quitó el casco y sacudió su melena. Llevaba una blusa blanca y unos pantalones ligeros color terracota. Su sonrisa apareció antes que su saludo.

—Buenos días, Sebastián.

—Buenos días —respondió él, intentando disimular la emoción—. Justo acabo de bajar.

—Perfecto —dijo ella—. ¿Listo para conocer los mercados más auténticos de Chiang Mai?

—Completamente listo.

Bom sacó del asiento de la motocicleta otro casco, se lo dio a Sebastián y le indicó con un gesto que subiera a la moto.

—¿Preparado? —preguntó, girándose con una sonrisa traviesa.

—Siempre —contestó Sebastián, ajustándose el casco.

La moto arrancó, dejando atrás el hotel y el ruido de los coches.

El viento les golpeaba el rostro, y el aire se llenaba del aroma a especias y flores mientras la temperatura comenzaba a subir poco a poco.

Las calles despertaban.

Niños —y no tan niños— seguían celebrando el Songkran, lanzando agua con risas y gritos de alegría.

Bom y Sebastián esquivaban con cierta destreza los chorros que salían de cubos y pistolas improvisadas, hasta que, en un semáforo en rojo, no pudieron evitarlo: una niña se acercó y les vació encima un pequeño recipiente de plástico color rosa.

Ambos se miraron empapados.

Y entonces estallaron en carcajadas, sin poder contenerse, mientras el semáforo cambiaba a verde.

A la vuelta de la esquina, Bom aparcó la moto. Frente a ellos se abría una plaza amplia, presidida por un edificio de techos bajos y láminas de metal.

A Sebastián le recordó a un mercado de pueblo, de esos que huelen a vida y a tierra.

El exterior estaba rodeado de puestos ambulantes que ofrecían frutas de mil colores, verduras frescas, carne, pescado y bandejas de comida preparada que desprendían un aroma irresistible.

Dirigiéndose hacia el edificio principal, Sebastián notó algo familiar.

Ese olor… lo había sentido días atrás.

Se detuvo en seco. Inspiró profundamente.

No tenía duda: era el mismo aroma que desprendía la carne desmigada que probó en Bangkok.

—Espera —dijo, alzando una mano.

Cerró los ojos un instante y volvió a oler el aire.

—El olor… —susurró.

Era una fragancia cálida, envolvente.

Un torbellino de notas especiadas: comino, clavo, anís estrellado… pero con algo más.

A cada respiración, el aroma se mezclaba con el calor del mercado, con el humo del carbón y el dulzor de las frutas cercanas.

Sebastián abrió los ojos y miró a Bom, con la emoción de quien acaba de reconocer una pista en mitad de un misterio.

—Es esto —dijo, casi sin voz—. Está aquí.

Sebastián y Bom comenzaron a recorrer los puestos ambulantes hasta que, haciendo esquina, vieron a la anciana que había cocinado para él días atrás.

Bajo un parasol de colores se alzaba una mesa de picnic, un pequeño quemador de gas y un sol abrasador que caía sobre ella mientras cocinaba sin perder la sonrisa.

En la mesa tenía alineados varios ingredientes, y bajo ella, un par de neveras llenas de hielo donde guardaba distintas carnes desmigadas, aún frescas.

Sebastián se detuvo, observó con atención y señaló un bote con un polvo amarillento.

—Ahí está —dijo, casi en un susurro.

Bom se acercó y habló con la mujer, que en ese momento terminaba un plato para otro cliente.

Cuando quedó libre, empezó a preparar el laab con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces.

Añadió la carne al wok con un poco de agua; cuando estuvo cocida, apagó el fuego y echó cebolla fresca cortada en láminas finas, chile seco, salsa de pescado, y unas hojas de lima kaffir fritas que guardaba en un recipiente.

Exprimiendo una lima sobre el wok, añadió arroz tostado en polvo y, por último, una cucharada del polvo amarillento.

Removió con calma, y al final coronó el plato con cilantro recién picado.

Sirvió la mezcla en un plato de plástico y, junto a él, un paquetito envuelto en hoja de plátano con arroz glutinoso.

Sebastián pagó con dinero en metálico que tenía en el bolsillo mientras Bom tomó un par de cucharas y se sentaron en una pequeña mesa de madera junto al puesto

—Qué suerte —dijo Bom, sonriendo.

Ambos cogieron una porción del laab. Bom fue la primera en probarlo, mientras Sebastián observaba su reacción.

—Wow… me recuerda al laab que hacía mi abuela —dijo, con una sonrisa que mezclaba sorpresa y ternura.

Sebastián probó entonces el plato.

Una explosión de sabores invadió su boca: el calor del chile, la acidez de la lima, la salinidad de la salsa de pescado… y, entre todo, aquel toque inconfundible.

Era un sabor vivo, que despertaba la lengua con un leve cosquilleo. Picante y cítrico a la vez, con un fondo ahumado que recordaba a la piel de una mandarina asada.

Tenía algo eléctrico, casi floral, que se expandía lentamente hasta llenar toda la boca.

Por un momento, Sebastián cerró los ojos.

Ahí estaba.

El sabor que había estado buscando.

Bom se levantó y habló con la mujer.

Señalaron el bote del polvo amarillento y mantuvieron una breve conversación en tailandés.

Sebastián se acercó y se colocó a su lado, intentando adivinar de qué hablaban.

La anciana sonrió, tomó una pequeña bolsa de plástico, vertió un poco del polvo dentro y se la entregó a Sebastián con una leve inclinación de cabeza.

Él la sostuvo entre las manos, como si fuera algo valioso.

—¿Qué es? —preguntó, curioso.

—Esto se llama prik lap —respondió Bom—. Es una mezcla de especias del norte, muy antigua.

Sebastián repitió el nombre en voz baja, como si quisiera grabarlo en la memoria.

—Lleva semillas de ma-khwaen, comino, clavo, canela, anís estrellado e incluso pimienta larga —explicó Bom, abriendo la bolsa para que pudiera olerla—. Se tuestan todas juntas antes de molerlas, y eso le da ese color amarillento y ese aroma tan especial.

Sebastián aspiró profundamente.

—Así que era esto… —murmuró—. Lo que no podía identificar.

La anciana se limpió las manos en un paño y miró a Bom con una sonrisa cómplice.

Sebastián observaba en silencio, intentando adivinar de qué hablaban.

Bom tradujo:

—Dice que este polvo lo hace ella misma, como lo hacía su madre. Que casi nadie lo prepara así ya.

La mujer asintió con orgullo, y mientras hablaba, señalaba los tarros y las bolsas a su alrededor.

Bom sacó el teléfono y empezó a escribir.

La anciana dictaba con precisión, contando los pasos con los dedos:

primero, tostar las semillas de ma-khwaen hasta que perfumen el aire;

luego, añadir comino y clavo;

después, la canela, el anís estrellado y la pimienta larga.

Todo debe tostarse sin prisa, sin quemarse, hasta que el aroma se vuelva dulce y el color se dore como la tierra seca.

Sebastián la escuchaba fascinado.

Bom seguía tomando notas, repitiendo los nombres en tailandés y en inglés, traduciendo las cantidades, anotando pequeños gestos que la anciana hacía sin darse cuenta.

De vez en cuando, la mujer añadía algo más, casi en susurro: un poco de azúcar de palma para equilibrar, una pizca de sal marina, y al final, dejar reposar la mezcla una noche antes de guardarla.

Cuando terminó, la anciana alzó la vista hacia Sebastián y le dijo algo con una expresión amable.

—Dice que las especias tienen memoria —tradujo Bom—, que si las haces con respeto, te recordarán siempre.

Sebastián sonrió y juntó las manos, inclinando ligeramente la cabeza.

La mujer le devolvió el gesto, satisfecha.

Bom guardó el teléfono, y juntas las notas, la bolsa del prik lap, se despidieron de la anciana.

Mientras se alejaban entre los puestos, Bom caminaba a su lado en silencio.

Sebastián miró la bolsa con las especias y pensó que acababan de recibir algo más que una receta.