El ingrediente inesperado - Capítulo 14

El ingrediente inesperado - Capítulo 14

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Mientras la motocicleta de Bom avanzaba hacia el centro, con Sebastián siguiéndola en el coche alquilado, el tráfico se volvía cada vez más denso. Las calles hervían de vida: niños que jugaban lanzándose cubos de agua, adolescentes que apuntaban con pistolas y rifles de plástico de diseños imposibles, y familias enteras riendo bajo la luz de las farolas de la calle. El aire estaba cargado de humedad, olor a gasolina y el perfume dulzón de las flores que decoraban los altares improvisados frente a algunas casas.

De vez en cuando, Bom miraba por el retrovisor para asegurarse de que Sebastián la seguía. Por esa razón evitó hacer lo que solía: adelantar coches zigzagueando entre ellos como el resto de las motocicletas. Aquella tarde se permitió conducir con más calma.

Tras unos quince minutos, llegaron al hotel. Frente a la entrada principal había un pequeño aparcamiento con sombra, adornado con macetas de buganvillas y un cartel dorado. Bom aparcó su motocicleta justo al lado del coche de Sebastián. Él se bajó, tomó su maleta y juntos caminaron hacia el interior.

El lobby estaba impecablemente cuidado. A Sebastián le recordó al hotel donde se había alojado en Bangkok: el mismo suelo brillante, figuras talladas en madera noble y un aroma floral que salía de algún difusor escondido, mezcla de jazmín y sándalo. El aire acondicionado le envolvió como un soplo de alivio.

Se adelantó hacia el mostrador.

—Hola, tengo una reserva a nombre de Sebastián Ortiz —dijo en inglés, intentando sonar seguro.

Bom se colocó discretamente a su lado, observando al recepcionista que tecleaba su nombre en el ordenador.

—Sí, aquí está su reserva —confirmó el joven, con una sonrisa amable—. Pero… disculpe, es una habitación individual. Si desea, puedo comprobar si tenemos una doble disponible.

—No, no, está bien. Es solo para mí —respondió Sebastián, algo ruborizado.

—No, no somos pareja —añadió Bom enseguida, con un tono rápido, casi atropellado.

El recepcionista parpadeó sorprendido, y una ligera incomodidad se apoderó de los tres.

—Oh, entiendo, lo siento mucho —dijo, nervioso, inclinando ligeramente la cabeza. Luego añadió algo en tailandés que Sebastián no comprendió, aunque captó el tono entre divertido y disculpante. Bom respondió en el mismo idioma, sonrojándose todavía más.

Durante un instante, el silencio quedó suspendido entre los tres. Sebastián notó que las mejillas de Bom seguían encendidas, y por alguna razón, eso le pareció encantador.

—¿Te apetecería dar un paseo? —preguntó Sebastián con entusiasmo—. Me ha parecido ver un mercado callejero a un par de calles antes de llegar.

—Sí, claro —respondió Bom sin pensarlo, con una sonrisa que le iluminó el rostro.

—¿Ese es su coche? —intervino el recepcionista, señalando hacia el exterior—. No puede quedarse ahí. Si quieren, pueden usar el aparcamiento del hotel.

—Me encargo yo —dijo Bom, girándose hacia Sebastián—. Tú sube a la habitación y nos vemos aquí.

Sebastián asintió y, por un instante, estuvo a punto de abrazarla. El impulso fue casi inconsciente, una mezcla de gratitud y afecto que se quedó suspendida entre ambos. Pero se contuvo, sonrió torpemente y le tendió las llaves.

—Khop khun ka —dijo, pronunciando con esfuerzo y repitiendo varias veces el saludo tailandés con las manos juntas, como si eso compensara su acento.

Bom rió suavemente ante el gesto. Luego, mientras hablaba con el recepcionista en tailandés para averiguar dónde quedaba el aparcamiento, Sebastián se dirigió al ascensor.

El sonido metálico de las puertas al cerrarse le dio un momento de respiro. En el reflejo del espejo del ascensor vio su propio rostro: cansado, sudado, pero con una sonrisa que no lograba ocultar. Algo en aquel viaje —y en ella— lo estaba cambiando.

Cuando las puertas se abrieron, el pasillo olía a cera de madera y flores. Caminó hasta su habitación, insertó la tarjeta y entró. El aire acondicionado le envolvió en una ráfaga fría, y mientras dejaba la maleta sobre la cama, escuchó a lo lejos el sonido de motocicletas y risas, filtrado por la ventana.

Se pasó agua fría por la cara, cambió la camisa empapada de sudor por una más ligera y respiró hondo frente al espejo.

Cinco minutos después, bajó en el ascensor. Al abrirse las puertas, el vestíbulo estaba casi vacío, con el sonido suave del aire acondicionado y una música instrumental tailandesa de fondo. Sebastián se acercó al sofá del lobby y se sentó. Miró varias veces hacia la puerta de entrada, nervioso, como si temiera que ella no volviera.

Entonces la vio.

Bom entró casi corriendo, con el casco en la mano y una sonrisa que parecía mezcla de prisa y entusiasmo. Llevaba el pelo algo despeinado y las mejillas enrojecidas, y a Sebastián le dio la impresión de que también había estado deseando aquel encuentro.

—¿Listo? —preguntó ella, deteniéndose frente a él, ligeramente sin aliento.

—Sí, claro —respondió él, poniéndose de pie con una sonrisa que no logró disimular del todo.

Durante un segundo se quedaron en silencio, mirándose, hasta que Bom señaló hacia la puerta con un gesto rápido.

—Vamos, antes de que cierren todas las paradas —dijo Bom, señalando hacia la calle con una sonrisa.

En ese momento, el recepcionista, que seguía en el mostrador, les dirigió una mirada amable y dijo algo en tailandés mientras señalaba el casco que Bom llevaba en la mano. Su tono sonaba cortés, casi mecánico, pero amable.

Sebastián no entendió las palabras, aunque por el gesto y la dirección de la mirada dedujo el sentido.

—Creo que te ha dicho que puedes dejar el casco en recepción —comentó, sonriendo.

Bom lo miró sorprendida, divertida.

—Exacto —dijo, y dejó el casco sobre el mostrador antes de inclinar ligeramente la cabeza hacia el recepcionista en señal de agradecimiento.

El joven respondió con una sonrisa profesional y una leve reverencia. Luego, sin más, salieron a la calle, donde el aire cálido de la noche contrastó con el frescor del vestíbulo.

Caminaron en dirección al mercado callejero mirando al frente, sin decir palabra. El ruido del tráfico y las voces a lo lejos llenaban el silencio que había entre ellos, un silencio que ninguno de los dos sabía muy bien cómo romper.

A mitad de camino, Sebastián, sin mirar directamente a Bom, dejó un pequeño espacio en su brazo izquierdo, una invitación silenciosa. Ella lo notó enseguida. Sonrió, y con un gesto natural, pasó su brazo por el suyo.

El contacto fue breve, pero suficiente para que Sebastián sintiera una corriente cálida recorrerle el cuerpo.

—Gracias —dijo con una sonrisa nerviosa—. O… disculpa por el atrevimiento.

Bom lo miró de reojo, aún sonriendo.

—No tienes que disculparte —respondió con suavidad—. Hace mucho que nadie me ofrece el brazo así.

Siguieron caminando despacio, entre puestos que ya empezaban a encender sus luces, con el aire impregnado de humo, especias y risas. Por primera vez, el silencio entre ellos dejó de ser incómodo.

El paseo consistía en pararse en todos los puestos donde preparaban comida. En uno de ellos, una mujer cocinaba sobre una plancha de hierro con pequeños huecos redondos, parecida a las que Sebastián había visto en Japón para hacer takoyakis, pero más pequeña. Vertía una mezcla de leche de coco, harina de arroz y azúcar, y en cuestión de segundos el aire se llenaba de un aroma dulce y tostado.

—Khanom Krok —dijo Bom—. Está hecho con coco, azúcar y un poco de cebolla tierna.

Sebastián observó cómo la cocinera giraba las mitades con un palillo, uniendo dos y formando una pequeña esfera dorada.

—Parece magia —murmuró.

Siguieron caminando y se detuvieron frente a otro puesto donde una mujer extendía una fina capa de masa sobre una plancha caliente.

—Khanom Buang, el crêpe tailandés —explicó Bom mientras le compraba uno—. Lleva una crema dulce de clara de huevo y yema hilada.

Más adelante, el aire se llenó de humo y de un olor a salsa agridulce. Un hombre volteaba brochetas sobre una parrilla, bañándolas con una mezcla brillante.

—Luk Chin Ping, albóndigas con salsa de tamarindo, dulce y picante —dijo Bom, ofreciéndole una.

Sebastián la probó y enseguida notó el contraste entre el azúcar y el picante que le subía hasta la nariz.

—Madre mía… —balbuceó, buscando aire—. Esto está buenísimo.

Compraron también unos pequeños pastelitos envueltos en hojas verdes.

—Tako —explicó ella—. Tiene tapioca, taro y leche de coco por encima.

Sebastián los sostuvo con cuidado, maravillado por el aroma.

—Huelen a postre de infancia, aunque nunca los haya probado.

Con una bolsa en cada mano, se apartaron del bullicio y encontraron un banco junto a un árbol iluminado con farolillos. La música callejera se oía a lo lejos. Bom regresó del último puesto con dos cocos jóvenes recién abiertos.

—Nam Maprao On, jugo de coco fresco —dijo, tendiéndole uno.

Sebastián lo recibió, todavía riendo por el picante anterior.

—Esto sí que es el remedio perfecto —comentó antes de dar un largo sorbo. El sabor era frío, suave, casi a caricia.

Bom lo miró con ternura.

—¿Ves? Ahora ya puedes decir que has probado Tailandia.

Sebastián asintió, observando el reflejo de las luces sobre la piel húmeda del coco.

—Sí —susurró—, y creo que me está gustando demasiado… y te lo debo a ti.

Bom lo miró en silencio, sorprendida por la ternura en su voz.

—Siento mucho cómo me comporté —continuó él, con un tono más firme—. Fui un idiota. No merecías que te hablara así.

Bom bajó la mirada y luego sonrió suavemente.

—No te preocupes —dijo—. Lo importante es que estás aquí. Me alegra que hayas venido.

Hubo una pausa breve, solo interrumpida por el murmullo del mercado y el chisporroteo lejano de una parrilla.

—¿Qué harás ahora? —preguntó ella—. ¿Irás a ver a la cocinera que encontraste en Bangkok? Si quieres, mañana te acompaño.

Sebastián la observó un instante antes de responder.

—No he venido por ella —dijo finalmente—. Ni por ese ingrediente que creía que me faltaba.

Bom alzó la mirada, curiosa.

Él sonrió, con cierta timidez.

—Porque me he dado cuenta de que el ingrediente que buscaba ya lo he encontrado.

Bom parpadeó, confundida.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

Sebastián sostuvo su mirada unos segundos más, y luego respondió con calma:

—Tú.

Bom apartó la vista, intentando disimular la sonrisa, pero el rubor ya le subía por las mejillas. Sebastián lo notó y dejó escapar una risa leve, sincera, que rompió el silencio.

—¿De qué te ríes? —preguntó ella, fingiendo molestia.

—De ti —respondió él, mirándola con cariño—. Bueno… en realidad, me acabo de acordar de algo.

Bom lo miró con curiosidad.

—¿De qué?

—De cuando llegamos al hotel —dijo él—. El recepcionista te dijo algo en tailandés y tú te pusiste roja como un tomate. Me quedé con la duda. ¿Qué te dijo exactamente?

Bom abrió los ojos, sorprendida, y enseguida sonrió, llevándose una mano a la cara.

—Ay… eso. Nada importante.

—Venga, cuéntamelo. - insistió Sebastián

Ella titubeó un momento antes de responder.

—Bueno… —dijo al fin, riendo nerviosa—. Dijo que era una pena que no fuéramos pareja.

Sebastián arqueó una ceja, divertido.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

—Porque, según él, parecíamos serlo. Que hacíamos buena pareja —dijo, evitando su mirada.

Sebastián se quedó callado unos segundos, mirándola fijamente.

Bom bajó la vista, con una sonrisa tímida.

El silencio que siguió ya no pesaba: era cálido, ligero, lleno de todo lo que no se atrevían a decir.

Sebastián levantó el coco y bebió otro trago. El líquido era dulce, suave, con ese sabor inconfundible del trópico que se quedaba en el paladar como una caricia. La pajita llevaba en el extremo una pequeña cuchara de plástico, y Bom, al notar su curiosidad, sonrió.

—¿Sabes que también se come? —dijo ella, señalando el interior del coco.

—¿Comer el coco? —preguntó él, sorprendido.

Bom asintió. —Sí, dentro hay una capa muy fina, apenas unos milímetros, que puedes raspar con la cuchara. Pruébalo.

Sebastián inclinó el coco y con cuidado rascó el interior. La capa blanca y translúcida se desprendió como una gelatina suave. La observó un instante antes de probarla.

—Vaya… —murmuró—. Tiene una textura increíble.

Bom lo miró satisfecha. —Cuando el coco está demasiado joven, esa capa no existe. Si está demasiado maduro, se vuelve dura y seca. Este tiene el punto perfecto —explicó con ese orgullo natural de quien habla de algo muy suyo.

—Mañana, si quieres, podríamos ir al templo con mis padres —dijo de pronto—. Es el último día de Songkran y allí lo celebran de forma tradicional. Puedes ver cómo la gente ofrece flores, agua y comida a los monjes.

Sebastián asintió, entusiasmado.

—Me encantaría. Pero, antes de eso… —añadió tras un breve silencio—. Quiero cocinar algo para ti y para tus padres.

Bom lo miró, sorprendida. —¿Cocinar? ¿Aquí?

—Sí. Mañana podríamos al mercado —respondió con decisión—. Quiero comprar los ingredientes y preparar algo improvisado, algo que salga de mí… como una forma de dar las gracias.

Bom lo observó con una mezcla de ternura y curiosidad.

—¿Improvisar en una cocina tailandesa? Eso quiero verlo —dijo riendo.

—Prometo que no incendiaré nada —bromeó él.

—Entonces trato hecho —respondió ella, y chocaron los cocos a modo de brindis.

El murmullo del mercado empezaba a apagarse. Los vendedores guardaban sus utensilios, las luces de los farolillos parpadeaban suavemente, y el aire se llenaba de ese olor mezclado de carbón y dulzor que solo queda al final de la noche.

Bom se levantó, y Sebastián la imitó. Caminaron despacio entre los últimos puestos que cerraban, sin decir palabra. El suelo estaba húmedo por el agua que los vendedores usaban para limpiar, y el reflejo de los faroles formaba destellos dorados en el asfalto.

De repente, Bom alargó la mano y le tomó la suya. El gesto fue simple, casi tímido, pero bastó para que Sebastián sintiera un nudo cálido en el pecho. Caminaron así, en silencio, como si todo a su alrededor se hubiera quedado atrás.

Cuando llegaron al hotel, el vestíbulo estaba casi vacío. Se detuvieron frente al ascensor. Por un instante, ninguno de los dos supo qué decir.

—Gracias por hoy —dijo Bom al fin, con una voz suave.

—Gracias a ti —respondió él—. Ha sido… —buscó la palabra— especial.

Bom sonrió y asintió, bajando un poco la mirada. Sebastián, impulsado por algo que no necesitó pensar, se inclinó hacia ella. Fue un beso corto, apenas un roce, pero lleno de intención. El tipo de beso que no dice adiós, sino hasta mañana.

Cuando se separaron, Bom lo miró con esa sonrisa que se queda entre los labios cuando el corazón aún late deprisa.

—Buenas noches, Sebastián.

—Buenas noches, Bom.

Él dio un paso atrás y entró en el ascensor. Las puertas comenzaron a cerrarse lentamente mientras Bom seguía allí, en el pasillo, sin dejar de mirarlo. Justo antes de que se cerraran del todo, Sebastián la vio sonreír —una sonrisa tímida, pero sincera— y comprendió que, de algún modo, ambos sabían que algo había cambiado para siempre.