El ingrediente inesperado: Capítulo 13

El ingrediente inesperado: Capítulo 13
Foto Daniel Aragay

Con un poco de retraso pero aquí seguimos con un nuevo capítulo.

Para leer lo que llevamos hasta ahora escrito entra en: https://books.danielaragay.net/bookstack/books/el-ingrediente-inesperado


Sebastián escuchó cómo Bom dejaba las bolsas sobre la encimera de la cocina. El sonido del plástico y el leve tintineo de los botes rompieron el silencio del jardín. Un instante después, ella apareció en el umbral, con la luz del atardecer a su espalda. Llevaba el cabello recogido en un moño alto y un vestido de un naranja intenso que parecía arder bajo el sol. Sus pies descalzos rozaban el suelo con la ligereza de quien está en casa.

No parecía sorprendida. Más bien, daba la impresión de que ya lo esperaba.

—Sawasdee ka —dijo Sebastián, acompañando el saludo con una ligera sonrisa y las manos juntas.

Bom devolvió el gesto con naturalidad, esbozando una sonrisa que contenía algo difícil de descifrar: ni reproche ni entusiasmo, quizá una tranquila aceptación.

—Pasaba por aquí —dijo él en español, intentando sonar desenfadado—. Para pedirte perdón… por ser un cretino. Espero que puedas perdonarme.

Los padres, que hasta entonces habían observado la escena en silencio, intercambiaron unas palabras en tailandés y, con discreción, se retiraron al interior de la casa.

El jardín quedó en calma. Solo se oía el zumbido de los insectos y el roce del viento entre las hojas del krapao. Sebastián sintió cómo se le encendían las mejillas; no por el calor, sino por los nervios, por el miedo a su reacción.

Bom lo miró durante unos segundos que se le hicieron eternos, y al fin habló con voz serena:

—No te preocupes —dijo, sin perder la sonrisa—. Me alegra que hayas venido. Lak ya me comentó que seguramente lo harías.

Sebastián bajó la mirada un instante y se pasó una mano por la nuca, notando el calor acumulado en la piel.

—Me alegra que te avisara —dijo al fin, con una sonrisa nerviosa—. Porque ahora que lo pienso, he sido demasiado atrevido viniendo hasta aquí sin decirte nada.

Bom negó suavemente con la cabeza.

—De verdad, no te preocupes —respondió con voz tranquila—. ¿Quieres quedarte a cenar? ¿O tienes otros planes?

—No, no tengo ningún plan —dijo él, encogiéndose de hombros—. Reservé un par de noches en un hotel, pero puedo llegar cuando quiera. Espero no ser una molestia.

Bom sonrió, esta vez con un brillo más genuino en los ojos.

—No, para nada. Eres más que bienvenido —dijo, y señaló hacia la casa—. Vamos, entra y nos ayudas a preparar la cena.

Sebastián la siguió, sintiendo cómo el aire más fresco del interior lo envolvía al cruzar el umbral.

En la mesa central de la cocina había dos bolsas que Bom había traído del mercado. Sus padres ya habían sacado el contenido, y ahora varias bolsas más pequeñas, llenas de comida, estaban repartidas sobre la encimera.

—He traído Khao Pad Krapao —dijo Bom, señalando una bolsa con carne picada y albahaca—. Luego curry verde con pescado, y Kai Tod —añadió, apuntando hacia otra bolsa con pollo frito al ajo y cilantro.

A un lado, tres bolsas de arroz jazmín y otras tres de arroz glutinoso completaban el festín.

—¿Y los huevos fritos para el Krapao? —preguntó Sebastián.

Bom lo miró divertida.

—Buen observador —respondió con una sonrisa—. Los vamos a hacer ahora, aunque quizás no haya suficiente Krapao. ¿Te animarías a improvisar algo?

Sebastián miró con detenimiento la bolsa del Krapao, hecha con el mismo tipo de albahaca que unos minutos antes había sostenido entre sus manos.

—¿Cuántos huevos tenéis? —preguntó Sebastián.

Bom miró a su madre, que se acercó a la nevera.

—Ocho —respondió al fin.

—Perfecto —dijo Sebastián, animado.

Los padres de Bom observaban la escena con curiosidad, intercambiando alguna sonrisa discreta.

—¿Necesitas algo? —preguntó Bom.

—Sí, un bol. Haré una tortilla de krapao. Me imagino que comiste tortilla de patatas en España, ¿no?

—Claro —respondió ella con una sonrisa—. Y más rica cuando está un poco cruda en el centro.

—¡Genial! —exclamó Sebastián, aliviado.

Bom sacó un bol grande de un armario, y su madre colocó los huevos sobre la encimera. Sebastián los rompió uno a uno, los batió y luego abrió la bolsa del krapao, vertiendo su contenido en la mezcla. Movió los ingredientes con cuidado, dejando que el aroma de la albahaca llenara la cocina.

La madre, desde un armario alto, sacó una sartén que parecía llevar tiempo sin usarse, por lo poco accesible que estaba. Sebastián la puso al fuego, añadió un poco de aceite de soja y, cuando estuvo caliente, vertió la mezcla de huevo.

—¿No tendrás un plato plano para darle la vuelta? —preguntó.

Bom le dio un plato grande, y unos minutos después Sebastián lo usó para girar la tortilla con un movimiento seguro. Dos minutos más al fuego y apagó el fuego.

—Listo —dijo satisfecho.

—Parece que te hayas sincronizado con mi padre —dijo Bom—. Ya tiene la mesa lista.

Los cuatro se sentaron en el comedor. Sebastián llevó la tortilla en un plato bonito y elegante que la madre de Bom le había entregado con orgullo.

Comieron como una familia tailandesa, sirviéndose poco a poco, mientras la tortilla de Sebastián se convertía en el primer plato que todos quisieron probar.

El primero sorprendido fue el propio Sebastián: la textura cremosa del huevo combinaba perfectamente con los sabores intensos del krapao. Era un equilibrio entre lo dulce, lo salado y lo picante, con un inconfundible aroma a albahaca.

La madre de Bom felicitó al cocinero; el padre asintió con una sonrisa amplia, disfrutando cada bocado.

—¡Qué rica está la tortilla! —dijo Bom.

—Gracias —respondió Sebastián—. La verdad es que el krapao le ha sentado muy bien a la tortilla.

Mientras se repartían el resto de los platos, la conversación empezó a fluir con la misma calidez que el aroma que llenaba la casa.

Mientras terminaban la cena, las voces se relajaron. El aire olía a curry y a albahaca. Afuera, los grillos marcaban el ritmo pausado de la noche.

—¿Y qué tal el viaje? —preguntó Bom, mientras servía más arroz en el cuenco de Sebastián.

— Bien, algo largo pero interesante. —respondió Sebastián.

—¿Dónde estuviste exactamente? —preguntó ella, curiosa.

— Paré en un refugio de elefantes. Pequeño, muy tranquilo. Los cuidadores parecían buena gente, me dejaron darles de comer.

El padre asintió, satisfecho.

—Eso está bien —dijo en inglés con acento marcado—. No todos los lugares tratan bien a los animales.

—Sí, este era diferente —respondió Sebastián—. Y, después, más adelante, encontré un templo.

Bom levantó la vista.

—¿Un templo? ¿Dónde exactamente?

—Casi junto a la carretera, al lado de un río. Estaba medio cubierto por la vegetación.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó ella, interesada.

—No lo sé —dijo Sebastián, pensativo—. Había varios monjes, un Buda cubierto de pan de oro, un riachuelo que lo rodeaba. Hice unas fotos, mira… —Sacó el teléfono del bolsillo y buscó en la galería—.

Pasó varias imágenes, pero frunció el ceño.

—Qué raro… —murmuró—. Solo salen árboles.

—¿Nada del templo? —preguntó Bom, acercándose un poco.

—Nada. Pero estaba allí, te lo juro. Incluso hablé con un monje.

Bom lo observó unos segundos, con una expresión en la que se mezclaban sorpresa y una leve inquietud.

—No me suena ningún templo por esa zona —dijo en voz baja—. ¿Seguro que no era un sueño?

Sebastián sonrió, pero sin convicción.

—No, estaba despierto. Lo recuerdo perfectamente. El olor del incienso, el sonido de las campanas, la figura del Buda… todo era tan nítido.

La madre de Bom, que escuchaba en silencio, intervino con tono suave:

—A veces los templos antiguos desaparecen del mapa. Pero sus espíritus siguen ahí.

Bom tradujo las palabras de su madre y miró a Sebastián con una media sonrisa.

—Dice que quizás el templo no quería ser fotografiado.

—¿Cómo dices? —preguntó él.

—Que hay lugares que solo se dejan ver cuando uno los necesita —dijo ella, encogiéndose de hombros.

Sebastián guardó el teléfono despacio, sin saber si reír o quedarse pensativo.

—¿Y dónde te estás quedando? —preguntó Bom con curiosidad intentando cambiar de tema.

—En el Chandra Boutique Hotel —respondió Sebastián—. Está cerca del centro, creo.

Bom asintió, pensativa.

—Sí, lo conozco. Está a pocos minutos del Night Bazaar, el mercado nocturno. Si quieres, puedo acompañarte. Te ayudo a hacer el check-in, y de paso damos una vuelta.

—¿Seguro? —preguntó él, sorprendido pero complacido—. No quiero molestarte.

—No me molestas —dijo ella con una sonrisa—. Además, hace tiempo que no salgo de noche por la ciudad.

—Entonces, encantado de aceptar tu ayuda —respondió Sebastián, con un brillo en los ojos que hacía tiempo no se le veía.

Bom sonrió, miró a sus padres y les dijo algo en tailandés. La madre asintió con un gesto tranquilo, mientras el padre hacía un leve movimiento de cabeza, como aprobando sin palabras.

Minutos después, recogieron la mesa entre los cuatro. Bom lavó los platos más grandes y Sebastián insistió en secar algunos. Cuando todo estuvo en orden, Bom tomó las llaves de la moto del pequeño cuenco de cerámica junto a la puerta.

Salieron al exterior. La noche se había vuelto más fresca; el aire traía olor a jazmín y tierra húmeda después del calor del día. Las luces del porche quedaban atrás, bañando el jardín en un resplandor dorado.

Bom se acercó a una motocicleta azul que descansaba junto al muro. Se colocó el casco con un gesto rápido y se giró hacia Sebastián, que ya caminaba hacia su coche alquilado.

—Sígueme —le dijo, alzando un poco la voz sobre el canto de los grillos—. Es todo recto hasta el centro.

—Perfecto —respondió él, sonriendo mientras abría la puerta del coche.

Bom encendió la moto; el motor rugió con un sonido suave y agudo. Las luces delanteras iluminaron el camino de tierra que conducía hasta la carretera. Sebastián puso el motor en marcha, y por un instante ambos se miraron, separados por el zumbido de los motores y la tibieza de la noche.

Ella hizo una seña con la mano y arrancó despacio. Sebastián la siguió.