De notas de voz a sinfonías: componiendo con IA sin perder el alma

De notas de voz a sinfonías: componiendo con IA sin perder el alma

En este episodio repaso un siglo de miedos tecnológicos en la música, desde la pianola y el micrófono hasta los sintetizadores y los samplers, para mostrar que la inteligencia artificial es solo el siguiente paso de la misma historia. A partir de mis propias notas de voz grabadas desde 2009, cuento cómo uso Suno (versión estudio) para transformar tarareos y maquetas caseras en piezas orquestales terminadas, comparando el papel de la IA con el de un arreglista tradicional.

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La misma historia de siempre: cada nueva herramienta musical es una amenaza… hasta que deja de serlo

Arrasando por todo el país con la velocidad de una moda pasajera, llega ahora el dispositivo mecánico que canta, toca el piano y parece sustituir la habilidad humana, la inteligencia y el alma. Eso, según algunos, reduce la música a un simple sistema matemático. Si dejamos entrar estas máquinas en nuestras casas —dicen— nadie volverá a aprender a tocar o cantar, nuestras cuerdas vocales se atrofiarán y acabaremos evolucionando hacia seres sin voz.

¿Aterrador?
Podría ser perfectamente un tuit viral de un productor musical este mismo año. O un artículo de opinión del New York Times hablando de ChatGPT generando letras.
Parece que estuviéramos ante el fin de la creatividad humana en 2025.

Pero no.
Este texto no es de hoy… ni de este siglo.

Fue escrito en 1906 por John Philip Sousa, uno de los compositores más famosos de su tiempo, en un ensayo titulado La amenaza de la música mecánica.
¿Y cuál era ese monstruo tecnológico que iba a robarnos el alma?

La pianola.
El piano mecánico.


Cada avance musical fue recibido como una catástrofe

Sousa no fue el único que vio apocalipsis musicales. Si revisamos la historia, cada herramienta que hoy consideramos normal fue recibida con pánico.

El micrófono (años 20)

Antes de su llegada, cantar implicaba pulmones de acero para llegar a la última fila del teatro.
Pero surgieron los crooners, como Bing Crosby, que cantaban suave y a centímetros del micro.

¿Reacción de la época?
“Eso es hacer trampas. El micrófono oculta la falta de talento.”

Hoy nadie imagina un concierto sin micro.

El sintetizador (años 70–80)

El sindicato de músicos del Reino Unido incluso intentó prohibirlo.
La lógica era sencilla:

“¿Para qué pagar 12 violinistas si un teclado puede imitarlos?”

Lanzaron la campaña Keep Music Live y acusaron al sintetizador de ser frío, robótico, sin alma.
¿Te suena conocido?

Los samplers

Cuando el hip hop empezó a samplear a James Brown, el mundo académico dijo:

  • “Eso no es componer.”
  • “Eso es robar.”
  • “Apretar un botón no es tocar un instrumento.”

Hoy el sampling es considerado un arte en sí mismo.

Las DAWs e instrumentos virtuales

Aquí alcanzamos el máximo nivel de hipocresía contemporánea.

Escuchas una banda sonora épica en el cine y es muy probable que no haya una orquesta real tocando.
Son librerías de sonido, gigas y gigas de grabaciones que un compositor combina desde su teclado MIDI.

  • La nota se cuantiza (perfecta matemáticamente).
  • Se usan loops prediseñados.
  • Y se ensamblan fragmentos de interpretaciones de otras personas.

Compositores como Hans Zimmer y miles de productores trabajan así desde hace años, pero muchos de ellos critican la IA por “no ser humana”.

La verdad es que llevamos décadas convirtiéndonos en cíborgs musicales.
La IA no rompe nada: es la evolución natural del sampler y del instrumento virtual.

Hemos cambiado el teclado MIDI por un prompt.


Y aquí entro yo… y seguramente tú también

En mi teléfono guardo notas de voz desde 2009.
Decenas, tal vez cientos de grabaciones donde tarareo melodías en la ducha o mientras paseo a Rico. Son semillas, bocetos. Y durante años se quedaron ahí, muriéndose en la memoria del móvil.

No tengo una banda en el garaje ni una orquesta en el salón.
Y producir una maqueta profesional cuesta dinero: hace 7–8 años, unos 3000 euros por tema en manos de un buen arreglista.

Pero este mes (bueno, este fin de semana) todo cambió.

Me saqué la licencia de Suno Studio, probé la versión 5…
Y me voló la cabeza.

La herramienta escucha mi tarareo desafinado y lo convierte en una canción producida. No comercializable, claro, pero una maqueta real, de calidad, que refleja exactamente lo que tenía en mi cabeza.


Pero… ¿es hacer trampa?

El purista dirá que sí.
Pero veamos la historia.

Michael Jackson

No sabía leer ni escribir música.
Tampoco tocaba instrumentos con fluidez.

¿Cómo componía Billie Jean?

Grababa en cassette:

  • la batería con la boca,
  • la línea de bajo,
  • los arreglos de cuerda,
  • y todos los detalles vocales.

Luego entregaba esa cinta a un equipo como Quincy Jones, que traducía esos sonidos a instrumentos reales.

¿Alguien dice que Billie Jean no es de Michael Jackson?
Él aportaba la idea, la melodía, el alma.
Los músicos, la ejecución.

Irving Berlin

Solo podía tocar en una tonalidad.
Necesitaba un arreglista para convertir sus ideas en partituras reales.
Aun así, es uno de los compositores más influyentes de la historia.

Rafael Artesero y Josep Lluís (Lubell)

Rafael tarareaba melodías en mensajes de voz.
Josep las transformaba en maquetas musicales con instrumentos virtuales.
Y luego, si el tema se producía, ya se grababa con músicos reales.

Esto ha sido siempre así.
La diferencia es que ahora ese arreglista puede ser Suno.


Mis primeros experimentos con Suno

He subido notas de voz de 2018.
Le doy un prompt: marcha militar, banda sonora romántica, tema de piano emocional
Y Suno devuelve exactamente lo que tenía en la cabeza desde hace años.

Para mí, esto no es un producto final.
Es una maqueta, una herramienta creativa.
Algo que antes costaba miles de euros ahora lo puedo obtener en segundos.

La versión Studio además permite:

  • exportar pistas separadas,
  • pedir arreglos concretos (“ponme cuerdas así”),
  • cantar líneas con la voz para que las convierta en instrumentos.

Es espectacular. Y estamos solo al principio.


Resucitando mis canciones

Este mes me he propuesto convertir todas esas melodías olvidadas en pequeñas maquetas y subirlas al blog y a mi perfil de Suno.

La melodía es mía.
La idea es mía.
El sonido final lo consigo gracias a esta nueva generación de herramientas.

Y para cerrar este capítulo, dejo aquí Inmigrante de segunda, un tema que compuse hace años y que Suno ha arreglado siguiendo mis indicaciones. La letra es mitad mía, mitad creada con ayuda de ChatGPT para ajustar la métrica.

Es una canción que habla de mi trabajo, de mi día a día en Estocolmo y de cómo me siento a veces aquí.
Espero que te guste.